Buenas y malas noticias

La noticia es una sola: de acuerdo con unos estudios realizados por científicos nacionales, con ayuda de la Universidad de Maryland (Estados Unidos), entre 2011 y 2012 Colombia perdió 295.892 hectáreas de bosque natural. Para que se entienda, y tal y como lo dijimos en un informe de la semana pasada, esto es casi dos veces el área del departamento de Quindío.

De acuerdo con el Ideam, por otra parte, en el país se talan por año unas 147.946 hectáreas en promedio. Dicho en términos más simples: algo suficiente para tapizar la ciudad de Bogotá entera. Un escándalo.

Sin embargo, un lado bueno sí brota de este montón de hectáreas ya inexistentes: la deforestación en Colombia ha disminuido. Tanto los estudios como los datos oficiales lo confirman. La deforestación se redujo en unas 90.000 hectáreas por año respecto al período de análisis anterior (2005-2010), es decir, hubo un 39% menos de pérdida de cobertura boscosa.

Juan Gabriel Uribe, ministro de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, argumenta que este fenómeno coincide con la igual reducción de los cultivos de coca (otra noticia para analizar), sobre todo en Nariño y Cauca, así como los esfuerzos interinstitucionales para controlar la tala y la minería ilegal.

Todo esto puede verse como una buena noticia. Habrá que ahondar en estas causas que el ministro pone como las más importantes, ya no como una declaración sino, mejor, como una política pública de la tasa de deforestación en concreto. Así podría replicarse a gran escala. Si bien la reducción es una buena noticia, la tasa sigue siendo alta y por eso cantar victoria resulta peligrosamente equivocado.

Lo que preocupa realmente es que el área más afectada sigue siendo la Amazonia. En Caquetá, Meta y Guaviare, donde se concentra el 46% de la pérdida total de bosque del país. ¿No habrá nada que hacer, sabiendo que poco menos de la mitad de este fenómeno está focalizado en tres regiones concretas? Sigue siendo la Amazonia un foco perdido, pese a las protecciones legales que se levantan y pese a las denuncias que se hacen. Por todo: por la minería y la explotación petrolera y la infraestructura desaforada y el avance sin frenos de la estructura vial. Hay que tener mucho cuidado, en este contexto particular, sobre lo que se entiende por “progreso” o “desarrollo”.

De acuerdo con los datos suministrados por el satélite Terra-i, que permite hacer un monitoreo en tiempo real de las pérdidas de vegetación natural en la Amazonia desde 2004, Colombia es el país que tiene la evolución más alta de esta problemática (117%), constituyéndose, después de Perú y Venezuela como uno de los tres países con mayores niveles de destrucción de los ecosistemas amazónicos. He ahí otra mala noticia.

Y esto, por supuesto, se traslada al lado social: las cinco áreas indígenas con mayor impacto por la problemática están acá. A saber: Barranco Ceiba y Laguna Araguato (cerca de San José del Guaviare), con 256 hectáreas de cobertura boscosa destruidas entre 2011 y 2012; Carpintero Palomas (entre Guainía y Vichada), con 219 hectáreas; La Fuga, en Guaviare, con 175 hectáreas deterioradas, y Bajo Río Guainía y Río Negro (en el departamento de Amazonas), con 169 hectáreas de bosque en mal estado.

Hay, entonces, que actuar. No podemos quedarnos con los anuncios grandilocuentes de que la disminución es una buena noticia por sí misma. Si queremos que esto llegue a sus niveles justos (en términos de conservación), hay que actuar por medio de políticas de monitoreo continuo y de acción. Estamos en deuda.