Chiribiquete

La ampliación legal del Parque Nacional Natural Chiribiquete, en el inmenso territorio de tres millones de hectáreas hoy constitucionalmente protegido, es un mensaje de una voluntad diáfana de conservación de Colombia.

No pedimos al mundo que nos pague, antes de su creación, el precio de mercado de los recursos que allí se podrían encontrar. En efecto, la designación de los límites de ésta, la mayor área protegida de Colombia, no fue sólo el resultado del diseño de un área de conservación que deberá ser íntegra y viable frente al cambio ambiental global, sino de la negociación con las instancias públicas que responden por los recursos minerales y el petróleo. Así como de un cuidadoso acuerdo con las comunidades indígenas que viven en su gran entorno.

Los colombianos contamos hoy, después de la Guayana Francesa y Brasil, con el tercer parque nacional en extensión de la Amazonia. También, para los pocos que lo conocen, uno de los de mayor riqueza biológica, belleza y patrimonio cultural. Sin duda un patrimonio de la humanidad. Ojalá que los colombianos podamos disfrutarlo algún día. Es un reto a la innovación de instrumentos para su uso público futuro. El área natural en su entorno es tan grande que podrían pensarse acuerdos con el sector privado o las comunidades indígenas para el desarrollo de infraestructuras mínimas que acojan un proyecto ecoturístico de clase mundial.

El segundo gran reto del nuevo Chiribiquete es su protección. Gran parte del parque está a salvo hoy con su entorno social indígena y natural de conservación. Pero desde el norte y el este, lenta e inexorable, avanza la deforestación. Hace dos semanas el Gobierno reconoció que en medio de una tendencia coyuntural a la baja, los mayores focos de deforestación se sitúan precisamente en la Amazonia. Es importante financiar nuevas formas contundentes para detener la deforestación y salvar ese gran corazón de la Amazonia colombiana.

En este sentido, el tercer reto es la gestión de ese inmenso territorio de conservación legal que emerge en casi 11 millones de hectáreas de tierras indígenas, áreas protegidas regionales —algunas por declarar— y grandes parques nacionales. Queda pendiente de validación científica el diseño de un gigantesco mosaico de conservación, última opción de mantenimiento de la conexión natural entre el bioma amazónico y los ecosistemas naturales de los Andes.

Este último asunto debería integrarse ya en los diálogos de La Habana como solución ecológica al manejo de antiguos frentes de colonización. Estamos hablando de los llanos del Yarí, la sierra de La Macarena, Sumapaz, territorios más conocidos por la guerra entre los humanos que por la paz que hoy se ratifica con una gran parte de la naturaleza.

Con todo, el corazón de la Amazonia, adecuadamente conectado con el centro de Colombia en las goteras de Bogotá, no resuelve todos los temas de la conservación y adaptación al cambio climático. El Estado tiene en frente el mayor dilema: el futuro de la Amazonia colombiana oriental en Vaupés y Guainía, enormes territorios temporalmente protegidos en una reserva minera estratégica. ¿Se abrirá a la minería este gran territorio, también indígena y con irreemplazables valores de conservación? ¿Pediremos que nos paguen el valor de mercado del oro, el coltán, el tungsteno y todo aquello que allí podría encontrarse, a cambio de no tocar? Imposible pensarlo así. La fórmula de Ecuador en el Yasuní está fracasando.

Enorme espacio para la locomotora más retrasada de todas, la de la innovación. Que allí debería ser social, ecológica y de gobierno. Bienvenido Chiribiquete, gran logro del país. Lo más difícil está por delante.