Comenzó esto

Mañana empieza el proceso de paz que el gobierno de Juan Manuel Santos ha convenido adelantar con las Farc. Se sentarán cara a cara los representantes legítimos del Estado y sus principales detractores.

Todo con la finalidad loable de que las balas se silencien, haya un proceso posterior de justicia transicional y la paz se respire en un país que, hasta el sol de hoy, no la conoce. Esta guerra centenaria sólo tiene una vía posible para terminar: el diálogo. Hagamos que este proceso cuente. Hagamos esto una realidad.

Ha habido tropiezos, es verdad; quien no lo acepte es el más obtuso de los observadores. Pero la esperanza se siente en el aire. Sobre todo porque aún está fresco —pese a los doce largos años de diferencia— el recuerdo de los diálogos frustrados del Caguán. Y hay ganas de creer otro destino posible, ya que las cartas han sido echadas de una manera cautelosa pero efectiva: la agenda de temas, así como los asuntos protocolarios, fueron establecidos en apenas dos años; las partes están alejadas de la guerra intestina que continúa en la selva; todo se hizo de forma secreta, con la finalidad de no entorpecer el proceso, pero ahora el panorama se abre a la ciudadanía, como debe ser.

Muchas voces salieron a protestar cuando el líder de las Farc Iván Márquez pronunció su airado discurso guerrerista en Oslo, como si otro tono fuera posible en estos momentos. Los líderes de la guerrilla necesitan aún el apoyo de su base, de los miembros rasos que siguen dando bala en la selva, quienes son los que, al final, habrán de firmar la paz y dejar a un lado los fusiles. Otra actitud era imposible de esperar cuando se sabe de sobra que las Farc han sido disminuidas militarmente. El discurso permanece. Un cambio en el tono de las palabras, una actitud de perdón o arrepentimiento, una mejor legitimidad y menos presión a los gobernantes de Colombia, serán posibles cuando la paz esté firmada.

El inicio de los diálogos se demoró por cuenta de la participación ciudadana en el proceso. Había que “ultimar los detalles de los mecanismos para la participación ciudadana”, como se leía en el comunicado conjunto expedido el martes de la semana pasada. Cosa que es también razonable. Los colombianos no solamente tienen que estar conscientes del proceso, en aras de la transparencia, sino inmiscuidos de alguna forma en él, en aras de la legitimidad. Sería el colmo no solamente que los diálogos se hicieran a espaldas de la ciudadanía, sino también sin su consentimiento.

La puerta que se abrió es la más conveniente. Funcionará a través de tres mecanismos: uno es la labor de Adpostal, que recibirá de manera gratuita las propuestas de los ciudadanos enviadas a través de las alcaldías municipales de todo el país. El otro es una página de internet que finalmente se complementará con lo que el Congreso de la República recaude en sus giras por el territorio nacional. En fin, hay que “meterle pueblo al proceso”, como aseguró el hoy silencioso Lucho Garzón, ministro consejero para el Diálogo Social.

La hora de la verdad ha llegado. A las partes no queda más que pedirles serenidad: un diálogo es un tire y afloje, una forma de llegar a puntos en común sobre un escenario futuro. A las Farc, sobre todo, no se les pueden ir las luces pidiendo más cosas de la cuenta. Las políticas de Estado deben estar al margen. Si tanto quieren reformar a Colombia, que lo hagan con palabras, en escenarios democráticos, y no a balazos.

Que reinen el diálogo y la compostura. Que se respete la mesa. Que se cumplan las etapas. Ahí puede estar la base para un país distinto.