Corrupción estructural

Sería de ilusos pensar que Colombia saldría bien en una evaluación sobre la corrupción. Muchos males tiene nuestro arreglo institucional y nuestra sociedad, pero quizás el más arraigado y de efectos más perversos sea esa cultura del desprecio por el bien general en favor del particular, que tiene su máxima expresión en la corrupción.

Sin embargo, se han hecho tantos esfuerzos, se han destapado tantos escándalos, se han desarrollado tantas normas y leyes en el último tiempo, que resulta frustrante observar los resultados del Índice de Percepción de Corrupción, presentado ayer por la prestigiosa organización Transparencia Internacional.

Siendo 100 la menor percepción de corrupción en un país, Colombia aparece con un paupérrimo 36, lo que la ubica en el lugar 20 del hemisferio y en el sexto entre los 12 países de América Latina. A nivel mundial es más dramática la posición deshonrosa que ocupa nuestro país: de 176 países evaluados, Colombia se encuentra en el lugar 94, lo que ubica al país en el grupo de países con calificaciones deficientes. Lo más preocupante es que Transparencia Internacional considera que “la corrupción en Colombia ha alcanzado un carácter estructural”.

Claro, hay que tener ciertas salvedades con estos resultados antes de analizarlos. La principal es que el valor más grande de cualquier evaluación es poder compararla para saber si se va por el camino correcto o no, y lamentablemente este año el índice no es comparable con el de años anteriores porque se ha cambiado la metodología. Otra razón que explicaría la baja calificación es que en una de las siete encuestas y evaluaciones que se hicieron para determinar el índice se incluyó por primera vez la percepción de corrupción en el Legislativo y por eso algunos consideran que tiró hacia abajo el índice total. Más importante, hay que tener en cuenta que se trata de un índice de percepción y por ello puede ser posible que a una mayor acción, a más escándalos revelados y con amplia difusión mediática, esa percepción pueda verse más afectada. Puede ser.

Empero, hay una realidad palpable que no se puede ocultar ni soslayar. Como dice la directora de Transparencia por Colombia, Elizabeth Ungar, “hay denuncias, procesos de investigación, nuevas normas, pero se percibe que la sanción no es efectiva, predomina una sensación de impunidad”. Los casos más sonados están ahí y lo que daña la percepción no es tanto que se conozcan como que no se vea que se hace justicia con sus grandes cabezas. La corrupción, y no se requiere de un índice internacional para saberlo, es un multimillonario negocio en este país y va mucho más allá de unos cuantos funcionarios o empresarios que encuentran una fisura por donde colarse para hacer sus fechorías: es todo un entramado de redes que han capturado buena parte del Estado.

Es bien diciente que la percepción que más castiga al país es la de los empresarios, que nos deja con 32 puntos sobre 100. Y lo es por lo que significa en estos momentos de crecimiento económico y llegada abundante de inversión extranjera. Porque si los empresarios están sintiendo que para hacer negocios en Colombia es necesario pasar por el túnel de la corrupción, o bien aquellos que trabajan sobre la mesa y siguiendo todas las reglas no podrán competir o bien los que sólo piensan en sus retornos entrarán en el juego y se disparará aun más la corrupción. Terrible panorama.

Para dar vuelta a esta penosa realidad, habría que comenzar por poner este flagelo en el lugar que merece dentro de nuestros males. Y no cabe duda que ese lugar es arriba, entre los principales. Transformar esta corrupción estructural debe ser prioridad del Estado, las empresas y la sociedad toda. Si no, cualquier esfuerzo se quedará en buenas intenciones.