La crisis del café

Se reúne a partir del próximo miércoles, en su ocasión número 77, el Congreso Nacional de Cafeteros, en una coyuntura especialmente difícil que muchos consideran la peor crisis del sector en décadas.

Se trata de un gremio que precisamente ha sabido capotear diversos retos a lo largo de su historia y que, después de las deliberaciones de esta semana, seguramente definirá una ruta y un norte para superar sus presentes angustias.

La crisis cafetera afecta a más de 500 mil familias en 20 departamentos de la nación. El devenir de esta industria tiene gran importancia para todos los colombianos, quizá no tanto en términos de comercio exterior como en el pasado, pero sí en términos de desarrollo y estabilidad en el campo. Más aun, en tiempos de diálogos de paz en los que se discute una política agrícola redistributiva, construcción de tejido social y presencia institucional en el sector rural, las instituciones que han construido los cafeteros en más de ocho décadas están llamadas a jugar un importante papel gracias a su presencia en 588 municipios colombianos. De manera que la viabilidad de este negocio no es sólo asunto de los cafeteros. Es, sin duda, del interés nacional.

Y los datos preocupan, por supuesto. El precio interno de la carga ha caído en un revelador 39% en este año 2012 a punto de terminar, y la cotización internacional del grano ha bajado en un 33%. Los cafeteros, pese a todo esto, lucen bastante optimistas y dicen que este año acabará con una producción de ocho millones de sacos.

El sábado el gobierno de Juan Manuel Santos anunció que triplicará la ayuda al gremio a través de 80 mil millones de pesos para 600 mil familias. El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, dijo que la mano del Gobierno podría ayudar a mitigar los fenómenos del cambio climático, la revaluación del peso y la volatilidad del precio del grano, tres problemas endémicos. En buena hora, también, los congresistas de diversas zonas del país se han interesado en este complejo tema, para el cual no hay soluciones facilistas. Hay que buscar alternativas de acción para superar una compleja coyuntura y a la vez continuar avanzando en los cambios estructurales que viene haciendo el gremio.

El trabajo de reconversión cafetera que se ha realizado en los últimos dos años no se puede olvidar ni suspender en medio de las discusiones que se avecinan. En suma, hay que atender las urgencias y el desasosiego de quienes anuncian marchas, pero también hay que tener cabeza fría para encontrar alternativas plausibles y responsables que conduzcan a una caficultura sostenible en el mediano plazo.

No son menores, pues, las responsabilidades de los delegados cafeteros que mañana recibirán al presidente Santos. Saben bien que las soluciones no son obvias y que el llamado a trabajar por fuera de la institucionalidad que hacen algunos políticos locales y activistas no conducirá al desarrollo de políticas pragmáticas y viables que les permitan ser sostenibles. También hay que empezar a pensar en evolucionar en otras áreas de la producción agrícola, que en este momento están en boga. El mercado del café disminuye, también y entre otras cosas, porque el país tiene más elementos de donde echar mano. No podemos descuidar, eso sí, a nuestra perla representativa más antigua y prominente. Pero es tal vez la hora de darle un nuevo enfoque, pensar en alternativas pragmáticas para las nuevas realidades de este mundo del café.

El llamado a trabajar conjuntamente alrededor de la institucionalidad cafetera, encontrando soluciones colectivas y constructivas, en un ambiente de respeto y en armonía con el Ejecutivo y el Legislativo, es una tradición que ha dado resultados por décadas a los cafeteros de Colombia. No puede ser esta coyuntura la excepción a tan importante y eficiente regla.