Cuarenta años del golpe

Un día como hoy, en 1973,el dictador Augusto Pinochet derrocó a sangre y fuego el gobierno democrático del presidente socialista chileno Salvador Allende.

Se abrió así la puerta a un repudiable régimen militar que violó sistemáticamente los derechos humanos de sus opositores con un doloroso saldo de miles de asesinados, desaparecidos y torturados.

Desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente, tanto en Chile como en América Latina. Cuatro décadas parecen ser demasiados años, en especial para quienes no vivieron una época en la cual la mayoría de los gobiernos latinoamericanos eran dictaduras. Los jefes de Estado democráticos, en contraste con la realidad que se vive hoy en día, se contaban con los dedos de una mano. Tal vez por ese motivo, revivir hechos que no parecen tener mayor relación con el presente pueda parecer innecesario. No lo es, empero. En especial si se recuerda la manida, pero no menos cierta, frase que asegura que quien olvida el pasado está condenado a revivirlo.

Lo que coloca a Pinochet dentro de la lista de personajes infames, tanto de derecha como de izquierda, que en el mundo han sido, es el haber actuado de forma traicionera y sanguinaria. Era inicialmente ministro de un gobierno que, con sus muchos errores, representaba las esperanzas de una izquierda democrática que tuvo como su conductor a un ser humano que fue señalado con razón como un demócrata intransigente. Sirviendo los intereses de los sectores reaccionarios de su país, y con el apoyo de Estados Unidos, utilizó la fuerza para acabar de un tajo con el gobierno de la Unidad Popular. No sólo bombardeó el palacio presidencial de La Moneda, en el cual Allende prefirió suicidarse, demostrando así su consecuencia política, sino que desató la campaña de terror que luego sería copiada por otros regímenes de la región.

Dentro de este oscuro panorama le llevó a la oposición 17 años organizarse y soportar los atropellos cotidianos. Bajo la conducción de Ricardo Lagos, los 13 partidos opositores aprovecharon la convocatoria a un referendo en 1988, hecha por el propio dictador, y contrario a todas la previsiones, lograron ganarle y luego derrotarlo en las presidenciales de 1989. De ahí en adelante se inició un nuevo período democrático que coloca al país austral en un lugar primordial en la región.

¿Cuáles lecciones quedan de esta historia? Varias. Que a pesar de las situaciones más difíciles en las que se pueda desenvolver un país con regímenes dictatoriales o autoritarios, siempre habrá espacio para que la oposición se organice y pueda recobrar la democracia dentro de los canales de la civilidad. Además, que la lucha frontal por los derechos humanos, sin ningún tipo de ideología, es indispensable en todo momento, tanto bajo gobiernos antidemocráticos, como aquellos que bajo el ropaje democrático desconocen derechos y garantías fundamentales. No hay que olvidar que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) jugó entonces un papel esencial de denuncia contra las dictaduras en la región. Y sin embargo, ¡vaya paradoja!, ayer se oficializó el retiro de Venezuela de la CIDH. Hay quienes no aprenden.

De otro lado, los típicos cuartelazos ya no suceden. O al menos no como antes. En esta parte del mundo se vivió en 1992 un autogolpe por parte de Fujimori en Perú, y luego en 2009 el golpe en Honduras. Mientras tanto en otras latitudes, más exactamente en Egipto, hay países que legitiman a los que perciben como “buenos” cierto tipo de golpes, con las nefastas consecuencias que esto pueda tener hacia futuro.

Como conclusión vale la pena recordar otra frase según la cual la democracia sólo se puede defender con más democracia. Las mesiánicas formas autoritarias o dictatoriales de conducir un país, en especial cuando se ha atentado contra gobiernos electos legítimamente en las urnas, deben ser condenadas y denunciadas hoy y siempre.