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Editorial 9 Abr 2013 - 9:16 pm

EDITORIAL

La dama y el hierro

Con el fallecimiento de Margaret Thatcher, la mítica Dama de Hierro, se ha ido una de las últimas figuras emblemáticas de la era de la Guerra Fría.

Por: Elespectador.com
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Fue amada, temida u odiada dependiendo de la ubicación ideológica de quien la evaluara. Manejó con mano firme a Gran Bretaña, en un momento de gran turbulencia, y desde su perspectiva cumplió con lo que le habían encomendado. Deja, sin duda, un legado que será evaluado por la historia.

Conservadora hasta los tuétanos, racista, anticomunista visceral, enemiga declarada de los sindicatos y, en general, del llamado Estado de Bienestar que los laboristas habían logrado montar para ayudar a los menos favorecidos, se abrió paso con su talante frentero, un gran olfato político y una voluntad a toda prueba. No de otra manera se puede explicar que hubiera ganado la mayor parte de las batallas que libró durante su gobierno.

Cuando llegó al poder, en 1979, no sólo se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra, sino que tenía claro que su plan de choque no se iría por entre las ramas. Entró, como se diría coloquialmente, “tumbando y capando”. Con alta inflación y unos sindicatos en pie de guerra, la Thatcher desmontó los beneficios a los sectores más vulnerables, redujo el papel del Estado, aumentó los impuestos, entró en una campaña de privatización de empresas públicas que consideraba ineficientes y aguantó el vendaval de huelgas que siguieron. Utilizó la mano dura con el Ejército Republicano Irlandés (Ira) y más adelante ganaría el mayor pulso cuando doblegó a los hasta entonces imbatibles sindicalistas del carbón, en 1985.

En 1983 debía enfrentarse a unas elecciones en las cuales las altas tasas de desempleo y el tenso clima social amenazaban con sacarla del poder. Pero el destino le puso en bandeja de plata el hecho que la iba a consagrar en el poder hasta 1990: la Guerra de las Malvinas. No hay duda de que la misma se ganó por el liderazgo de la Dama de Hierro al devolverle a Gran Bretaña parte de su brillo y orgullo con una exitosa campaña al otro lado del mundo. No le tembló la mano al dar la orden de hundir el buque General Belgrano, en el que murieron más de 300 marinos, fuera de la zona de combate. La paradoja final, según el periodista John Carlin, es que la aparatosa derrota de los dictadores argentinos en el único campo donde deberían ser eficientes, el militar, significó también el retorno de la democracia para Argentina.

Con el paso del tiempo algunos analistas consideran que a pesar de su deseo de achicar el tamaño del Estado, no se logró necesariamente un país con mayor eficiencia. En materia de salud, educación o transporte subsisten grandes problemas ante el deterioro que se viene arrastrando desde los ochenta. De igual manera, el haber golpeado a los más pobres aumentó los niveles de desigualdad, que se han profundizado con la crisis económica y social que trata de paliar Gran Bretaña en la actualidad.

De otro lado, sostuvo gran amistad y estableció una muy estrecha alianza con Ronald Reagan. Su visión conservadora y su deseo de acabar con el comunismo los llevaron a aunar esfuerzos y trabajar conjuntamente en el diseño y puesta en práctica de las estrategias que permitieron la caída del Muro de Berlín, dando así fin a la Guerra Fría. A la vez, eso sí, que apoyó el régimen del apartheid sudafricano y atacó a Mandela.

Margaret Thatcher actuó casi siempre sin importarle lo que se dijera de ella. Solía repetir que un político no está para gustarle a todo el mundo y gobernó bajo esta premisa. Tal vez una forma de definirla, dentro de la categoría de ciertos líderes dispuestos a hacer lo que sea con tal de alcanzar su objetivo final, esté en la siguiente frase que mencionó alguna vez: “Dos maestros en leyes, que ahora son jueces, me enseñaron una regla muy buena: nunca admitas nada a menos que no tengas más remedio que hacerlo; y aún así, sólo si tienes razones específicas para ello y dentro de unos límites definidos”. Esto explica muchas cosas.

 

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