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Inusitado, decimos, porque en estos momentos, cuando la economía nacional afronta la crisis por los bajos precios de las materias primas —hacia las que en los últimos años, por cierto, se enfocó, para muchos de manera ciega e inconveniente, la política económica local— y la industria colombiana siente las consecuencias, luce apenas natural que su gremio señale —desde su punto de vista y sus intereses, obvio— los errores de previsión y los posibles caminos de solución para que ese motor del país que se tenía alojado en la bodega pueda retomar el protagonismo y sea un sustituto más confiable que la bonanza minero-energética, cuyo retorno es incierto.
El debate planteado, empero, se fue por las ramas y terminó en ataques personales a través de una promocionada columna de opinión que recibió el respaldo de varios funcionarios del Gobierno Nacional, que parecían entender que, porque quien hoy representa los intereses de los empresarios haya venido del Gobierno, debía mantener una suerte de solidaridad de cuerpo con sus políticas, las de antes y las de después. Ya señalábamos en su momento la inconveniencia de esa “toma” de los gremios por parte del Gobierno, y esta reacción parecería demostrar que en realidad era una “toma” lo que se pretendía, pero ese es otro tema.
Reducir la crítica o la confrontación de ideas a un asunto de fidelidad o solidaridad resulta miope y, lo peor, nada productivo surge de allí para la construcción de un mejor país, que es lo que realmente debe importar. Confiamos, y el reporte del primer día indica que será así, en que esta asamblea de la Andi sirva para enderezar ese camino torcido que tomó el debate. No porque se pretenda que allí se llegue a un unanimismo o a una evasión de la controversia de corte frentenacionalista, sino porque saber dar los debates, enriquecerlos, entender las posiciones contrarias, respetarlas, es la esencia de una democracia. Y sí, suena retórico, pero no por ello es menos cierto: esa democracia capaz de dar los debates entre quienes creen en ella es la que puede permitir mañana enfrentarlos con quienes se levantaron un día en armas para combatirla. ¿Somos capaces?
La salud de la industria colombiana está en juego y sus efectos sobre todos los colombianos son de enorme envergadura. De ahí la importancia de los planteamientos que se hacen en Cartagena y que van mucho más allá de un simple tema de tasa de cambio favorable a las exportaciones. Sí, el Gobierno tiene razón cuando demanda de los empresarios mayor innovación y productividad para mejorar su competitividad, pero revisar las condiciones en que ha venido operando la industria, los efectos de la última reforma tributaria de cara a la que ahora se plantea, por ejemplo, el enfoque de los incentivos productivos, el equilibrio en el comercio con nuestros socios, y demás, son temas para discutir de manera propositiva y sin peleas insulsas.
El escenario de esta asamblea es propicio para pasar la página de los insultos de andén que precedieron su instalación. El diseño de su agenda es rico en la revisión de experiencias exitosas en el mundo, de las cuales se puede aprender para adaptarlas a nuestras condiciones particulares. Es mucho lo que está en juego como para no dar ejemplo de madurez en la discusión de temas centrales para el bienestar de todos.
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