Defender otra visión

Hoy se celebra en Bogotá el Día sin Carro, una iniciativa que lleva 13 años y que nació como una petición ciudadana para tener un día de reflexión frente a las formas corrientes —y a veces hostiles— de transportarse por la capital del país. La idea, entonces, no es quejarse todo el día, sino ver en esta política (ya muy consolidada) una alternativa.

El objetivo es apreciar y tal vez acoger una ciudad distinta. Y mucho ha cambiado en las calles de Bogotá desde que la ciudadanía se enfrentó por primera vez a un día sin carros: los andenes anchos, los 376 kilómetros de ciclorrutas, el Transmilenio, los nuevos buses del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP) que, aunque vacíos por ahora, pueden llenarse por la simple voluntad de una persona. El aspecto de la ciudad se transformó, incluso, volviéndose más amable para otros medios de transporte.

Sin embargo, aún se siente rechazo por parte de muchas personas frente a una iniciativa como esta. Y afán por burlarlo. Los cambios cuestan. La comodidad también. Pero si queremos llegar a ver una capital un poco más fluida en cuanto a la movilidad, llegó la hora no sólo de que las alcaldías actúen en consecuencia (con políticas públicas más serias sobre el tema), sino, además, de que la ciudadanía tome conciencia de que no todo es culpa del Distrito. Hay formas alternativas para transportarse más allá del carro. Ese es todo el mensaje que se quiere dar el día de hoy. No se trata de imponerlo por la fuerza, porque, igual, nunca se ha hecho. Es mostrar otra ciudad. Y en medio de esa jornada, que se dará entre las 6:30 a.m. y las 7:30 p.m., ¿por qué no darle la oportunidad? ¿Por qué no pensar que lo distinto no es peor que lo usual y podría redundar en un beneficio colectivo?

En la ciudad de Bogotá todavía reina un espíritu muy individualista. Por el beneficio propio y no por el de la sociedad en general. Bajarse del carro, tan sólo un día al año, es muy importante por lo simbólico, por lo que podríamos aprender de ello. Ya sabemos, falta mucho. Este Día sin Carro dará un paso más respecto a los años anteriores: 107 kilómetros de ciclovía (como la de domingos y festivos, salvo por algunas excepciones) serán habilitados para el uso ciudadano. Asimismo, cuatro cicloparqueaderos se pondrán a disposición en las estaciones de Transmilenio de las Aguas, Alcalá, Tintal y Mundo Aventura, con cupos para 202 bicicletas y servicio gratuito. Movimientos autónomos, de ciudadanos conscientes se reunirán para llegar a distintos sitios a través de diferentes rutas: “A la Nacho en bici”, “A los Andes en bici”, “Bicicultura tadeísta”, “Universidad del Rosario en bici”, “Nosotras pedaleamos”, “Mujeres en bici”, en fin, el abanico es amplio.

Todo esto debe crecer. El Día sin Carro es simplemente una excusa para hablar de la movilidad, para que se discuta lo que falta por parte de la administración distrital, para señalar lo que aún no se ha hecho, que es bastante. No solamente faltan políticas públicas mucho más serias que afronten los problemas de los ciudadanos para llegar de un lado a otro (los accidentes, el estado de las vías, la dignidad en el transporte público, la seguridad, son temas pendientes), sino una actitud personal diferente. ¿O a dónde queremos llegar?

Decir que Bogotá no es una ciudad amable con los ciclistas es el reflejo de un círculo vicioso. Si la bicicleta se sacara más a menudo, si existieran más ganas de recorrer las ciclorrutas que existen y si éstas se llenaran un poco más, la ciudad se iría transformando. Es una cuestión de poner a andar los hechos. El Día sin Carro puede pasar como una fachada inservible o puede ponernos a pensar. Y a actuar. Depende de nosotros.