Deporte nacional

La mejor atleta del mundo en la categoría de salto triple se llama Caterine Ibargüen, una mujer nacida en el Apartadó del Urabá antioqueño. Ibargüen, como deportista, parece tenerlo todo: la carrera poderosa de grandes zancadas, el salto infinito en el aire, la musculatura portentosa, el ánimo inquebrantable.

Y tiene, además, el carisma: ya nos lo había demostrado en los Juegos Olímpicos de Londres con el estadio rendido a sus pies. Tiene una sonrisa que le da la vuelta al mundo. En esa ocasión nos dio la plata. La semana pasada, en los Mundiales de Moscú, se llevó el oro (el primero de Colombia en un mundial de atletismo). No hay nadie en el planeta mejor que ella en esta disciplina.

Sí se puede, entonces. O mejor, “todo es posible”, como lo dijo la misma Ibargüen a un grupo de jóvenes deportistas. Aparte de ser la mejor del mundo ella, es, sobre todo, una hija de este país: uno maltrecho por la guerra y el conflicto armado, que, en su caso particular, desplazó a su padre hasta Venezuela y envió a su madre a ser cocinera en las minas en el municipio de Zaragoza, Antioquia.

El deporte, mucho más allá de lo que significa para ella, era también su tabla de salvación. Pero el deporte en este país, que hoy hace sacar pecho a muchos, está lleno de un camino difícil: de obstáculos, de corrupción, de falta de apoyo, de invisibilidad. En 2006, en los Juegos de Odesur en Buenos Aires, la antioqueña ganó el oro y antes de salir siquiera de la pista dijo “me gustaría ganar también en las otras dos pruebas en que estaré: el salto de altura, el triple, y bueno, así podría tal vez ser la reina”. Lo es. Todo pese a las adversidades que Colombia le mostró. Ibargüen es un ejemplo de la lucha infatigable.

No hay duda de que los representantes del deporte nacional están brillando: tenemos presentes al ciclista Rigoberto Urán, segundo en el Giro de Italia, a la piloto campeona de BMX, Mariana Pajón, al segundo lugar en el Tour de Francia, Nairo Quintana, quien escaló la prueba más competitiva del mundo sin doparse, demostrando que era posible. En fin. Muchos motivos por qué celebrar. A la Selección Colombia, como no pasaba hace por lo menos veinte años, le va bien en las eliminatorias al Mundial de Brasil 2014. La mayoría de sus jugadores, incluso, son de equipos internacionales: algunos, además, se destacan y son referentes en el mundo.

Es un buen momento, sin duda. ¿A qué se debe esto? ¿Se debe, acaso a una política consistente que apoye el deporte? ¿O se debe, más bien, a una coincidencia particular de atletas destacados, juntos en una misma generación? Puede ser algo de ambas cosas, pensamos. Es cierto que el Comité Olímpico se ha reinventado, apoyando procesos desde la base, siendo más cuidadoso con sus deportistas. En el caso de la Selección es evidente el proceso de cambio que se vivió desde que José Pékerman ingresó a dirigirla.

Pero aún falta mucho por hacer. Aguar la fiesta es necesario en estos momentos para que en ella no se diluya la esperanza de un país que cree en sus deportistas y que los apoya. Faltan cosas, digamos, fundamentales: la protesta que hace dos semanas hicieron los jugadores del fútbol profesional colombiano en los estadios del país es apenas una muestra de ello. Un pálido ejemplo. ¿Por qué un jugador se ve en la triste situación de tener que negociar sus derechos laborales? Y, así, por extensión, nos remitimos a todos los casos.

Ojalá estas glorias que hoy nos llenan de orgullo patriotero, sirvan para que, por ejemplo, los atletas no queden a la deriva una vez se retiren de sus disciplinas por la edad. Mirar al pasado, viendo como quedaron en la ruina y la enfermedad algunos de nuestros mejores atletas, es algo que se hace necesario ahora. El debate por el deporte está aún pendiente.