Diomedes Díaz: dos hombres

Ya después de los días enteros que se ocuparon en despedidas multitudinarias por la muerte del cantante vallenato Diomedes Díaz, vale la pena hacer una pausa en el camino, sobre todo en esta época del año, para reflexionar acerca del legado que él le deja a Colombia.

Porque pocos, como el apodado Cacique de la Junta, reúnen en sí mismos una cantidad tan desaforada de contrastes extremos, de personalidades expuestas al público de las que puede o no aprenderse algo. Aquí, sin embargo, se olvidan los contrastes. Así lo hemos visto en los últimos días en esta sociedad colombiana enemiga de los matices: o le perdonan todo al artista, sin distingo de su vida propia, o le condenan todo al hombre de vida cuestionable, sin recordar el legado que deja en términos culturales. No pueden compartimentar en grises la vida de la que él fue protagonista, para poder apreciar una historia completa, sólida, sin distorsiones.

Está uno, claro: un cantante superdotado, probablemente único en su clase (por la potencia, por el timbre prodigioso de su voz), que volcó el legado del vallenato a toda la sociedad colombiana: todas las clases sociales de todos los estratos, todas las fiestas de todos los meses del año. En casas y en carreteras sonaba Diomedes Díaz.

Está el otro también, por supuesto: el ciudadano implicado directamente en el oscuro asesinato de Doris Adriana Niño (quien fue encontrada muerta y bajo tierra en Boyacá), condenado además por la justicia, y esquivo a ella, de una forma deplorable, simplemente porque se volvió intocable para la justicia de su departamento y del país entero.

Está el hijo de un entorno social particular, que creció trabajando como espantapájaros en un potrero, aguantando las largas jornadas a punta de voz: encantando a quienes por ahí pasaban, a quienes le pedían un poco más de música. Está el hombre de vida disipada, de fiestas con borracheras extremas y consumo de cocaína, conocido, también, por toda Colombia, incluso hasta el borde de la burla.

Está el compositor, a veces de letras machistas, es cierto, pero también de muchas otras que narraban realidades sencillas, de hombre inseguro, cercanas a ciudadanos del común. Está, claro, la decadencia de un hombre que faltaba a sus conciertos y que si iba olvidaba sus letras, ya en el epítome de su propia decadencia.

Diomedes Díaz fue un hombre que cantó y celebró la vida, pero que estiró tanto la cuerda de su propio éxito que terminó por rompérsele en sus narices. Diomedes Díaz fue una persona que superó obstáculos, adversidades sociales y económicas, para convertirse muy prontamente en un ídolo de masas. El cronista Alberto Salcedo Ramos dice que sus conciertos eran particulares: contrario a lo usual, donde los grupos de gente tienen el vallenato como trasfondo de un baile casi individual, a los de Díaz iban a verlo a él, como si se tratara de un género distinto, como si las personas estuvieran “hipnotizadas, sencillamente, por el trino del sinsonte”. Así era. El éxito, sin embargo, fue su escudo y su razón para tener una vida cuestionable. Para ser muchas veces un mal ejemplo de lo que puede permitirse una persona que tiene dinero y fama.

Entonces, ante todos estos hechos que, aunque contradictorios, están reunidos en una sola persona, la sociedad colombiana puede discernir qué tomar como ejemplo y qué rechazar con contundencia. Está en nosotros poder ver las cosas de una forma clara. Ese es, en todo caso, el legado que deja Diomedes Díaz.