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Editorial 23 Feb 2013 - 10:00 pm

El caso de Angélica Bello

EL SÁBADO DE LA SEMANA PASADA murió Angélica Bello, una defensora abnegada de los derechos humanos en Colombia.

Por: Elespectador.com
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Es una lástima que una historia como la que vivió ella, de lucha contra la adversidad, de reponerse frente a los embates más terribles de la violencia, terminara así, de repente, en situaciones que resultan muy difíciles de entender.

Recordar a Bello es importante, puesto que no solamente se trata de realzar un testimonio de vida de una víctima de la violencia de este país, sino que se trata de un llamado a que las cosas se hagan mejor: las políticas públicas, los programas de atención, la reparación integral, el reconocimiento. Bello era propulsora de todos estos cambios pero, a la vez, fue una persona que sufrió mucho antes de poder emprenderlos y llevarlos a cabo.

En el año 2000, por ejemplo, el paramilitar conocido como Martín Llanos se llevó a sus dos hijas menores de edad y las esclavizó sexualmente. Fue desplazada para poder recuperarlas. Un posterior atentado en Villavicencio la convirtió en persona con discapacidad. Se volvió a ir. No se rindió, persistió, empezó a luchar por los derechos de las víctimas de este país. En 2009 fue sorprendida por dos hombres a la salida del entonces Ministerio del Interior y de Justicia en Bogotá y fue violada para acallar su voz. No lo lograron.

Ella seguía dirigiendo la Fundación Nacional Defensora de los Derechos de la Mujer (Fundhefem) y continuaba denunciando las adversidades que enfrentaba, tratando de hacer memoria, de encarar por medio del derecho y la justicia, y no de la venganza, el duro país en el que le tocó vivir.

De acuerdo con la versión oficial de lo que pasó en Codazzi, Cesar, a las 11:00 de la noche del pasado sábado 16 de febrero, Angélica Bello empuñó una pistola y se pegó un balazo para quitarse la vida. Lo último que supimos de ella fue que insistió, ante el mismo presidente de la República, en el marco del Comité Ejecutivo para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, en enero de este año, sobre la necesidad de proveer atención sicosocial para las víctimas, un elemento fundamental de la reparación.

Y pudo ser, en efecto, la falta de ese acompañamiento, en conjunto con la muy grande ineptitud de su cuerpo de seguridad, lo que la llevó a quitarse la vida. De acuerdo con la versión oficial, Bello tenía dos guardias que se turnaban una sola arma. Ésta fue dejada en la mesa de noche del cuarto de la defensora, quien no dudó en tomarla y dispararse a sí misma. No faltan los suspicaces para quienes la escena resulta muy extraña como para ser creíble y sugieren que ella fue asesinada, en cumplimiento de las amenazas de las que fue sujeto recientemente.

Al margen de esta teoría, la versión oficial ofrece unos elementos que sirven para pensar en dos cosas: lo primero es lo que muestra el caso de Angélica Bello como víctima. Lo frágil que es la reparación integral. Sobre todo en la superación de los traumas, el acompañamiento sicológico y el social. ¿Falta mucho para que empecemos a implementar esta modalidad con todas las de la ley? Un balazo autoimpuesto es un símbolo de que hemos fracasado como Estado.

Y lo segundo es lo que muestra su caso como defensora de Derechos Humanos: la precariedad de los esquemas de seguridad para ellos, quienes, como ya lo hemos informado, sufren en este país pese a los reconocimientos —oportunos, sí— que ha hecho este gobierno.

Extrapolando lo de Angélica Bello nos damos cuentas de muchas fallas. Esta es la hora de que un caso como el de ella no vuelva a ocurrir jamás.

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