El daño ambiental

Hasta hace poco no era muy claro cómo una empresa debía compensar el daño ambiental que perpetrara sobre un ecosistema.

¿Sembrando árboles? ¿Qué árboles? ¿Cuántos? ¿Pertenecientes a qué especie? Pues, a decir verdad, en Colombia —y duele decirlo por su biodiversidad, famosa a nivel mundial— las empresas sembraban árboles a lo loco, sin una metodología clara y si “operaban durante veinte años, únicamente compensaban sembrando árboles los últimos tres años de la operación”, como le confesó el ministro de Ambiente, Frank Pearl, a este diario.

La razón: una legislación muy vaga, llena de vacíos, sin una serie de pasos que obligaran a la empresa a compensar el daño diciendo cómo hacerlo, en dónde y en qué cantidad. Lo que generaba un problema de doble vía, ya que las empresas podían llenar los requisitos de la norma más o menos como ellos quisieran, pero también la forma de controlarlas era indeterminada. A ese ritmo nos íbamos quedando sin bosques. A ese ritmo, los cacareados términos de ‘biodiversidad’ y ‘desarrollo sostenible’ se estaban transformando (más) en una ilusión. En pura palabrería.

Es por eso que el Ministerio de Medio Ambiente y las tres más grandes organizaciones ambientales que trabajan en Colombia desarrollaron un Manual de compensaciones, una guía técnica de calidades altísimas —pionera en el mundo, valga decirlo— para que, por fin, los grupos empresariales sepan la manera correcta de restaurar los ecosistemas colombianos: por medio de la conservación efectiva de un área ecológicamente equivalente.

Esto sería un avance sin precedentes en un país como el nuestro. Por fin, las empresas se pondrán en la raya y devolverán al mundo lo que éste les ha dado. Eso sí (y que quede claro) el manual de compensaciones es de carácter subsidiario: sólo aquellas actividades en las que no sea posible evitar, mitigar o corregir el daño ecológico entrarían en la órbita de aplicación de esta nueva legislación. Este manual es una resolución, según su carácter jurídico. Por ahora, es público y puede ser consultado. El gran problema de todo este panorama enteramente positivo es que no está vigente. Dicho en cristiano: no es aplicable aún.

¿Por qué pasa esto si la resolución estaba a punto de ser firmada por el ministro Frank Pearl la semana pasada? Pues porque algunos miembros de los gremios empresariales pidieron más tiempo. Más prórrogas, seis meses para aplicar programas pilotos, ya que, dicen, no están preparados. Extraña la petición puesto que ésta no es ninguna sorpresa del ministerio: ya se han hecho advertencias, preparaciones; ya, incluso, Ecopetrol ha dicho (así no sea obligatorio) que tomará este manual de compensaciones como su norte a la hora de hacer proyectos.

Llegó el momento del medio ambiente. Si se sigue haciendo la compensación como hasta ahora, a la loca, no tendremos bosques dignos en 50 años. No es jugando, pues, la cosa. A nuestro parecer, más que seis meses de prórroga (que ya son una realidad), las empresas deben mostrar una buena voluntad para seguir los pasos de esta guía. Es cierto que el riesgo y los costos de la compensación son muy altos, pero la única forma de lograr que éste sea un proyecto viable, de corregir su camino, de comprender el impacto que tiene en la economía y los recursos de las empresas, es entrando en él.

Una nueva hora puede llegar y está a la vuelta de la esquina. Después de seis meses se pueden pedir otros seis más con el mismo argumento. Y hasta sonaría razonable en su momento. Pero lo mejor que podemos hacer es entrar al juego de la compensación y, adentro, evaluar cuáles son sus beneficios reales.