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Editorial 19 Nov 2012 - 11:00 pm

EDITORIAL

¿El vaso medio lleno?

Cada uno da su versión sobre los hechos que ayer, por fin, y después de 11 largos años, pusieron fin a la disputa diplomática entre Colombia y Nicaragua.

Por: Elespectador.com
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Se trata de una sentencia en la que la Corte Internacional de Justicia de La Haya concedió siete cayos del archipiélago de San Andrés a Colombia, pero, al mismo tiempo, le quitó una franja de mar más allá de 12 millas de los cayos de Serrana y Quitasueño al norte y otro espacio al sur de los de Albuquerque y Este Sudeste.

El Nuevo Diario de Nicaragua, por ejemplo, tituló de la siguiente manera el acontecimiento: “Nicaragua celebra fallo de La Haya: mapa de Colombia cambia radicalmente al extendérsele soberanía marítima a la Nación nicaragüense”. Eduardo Montealegre, excanciller del mismo país, dijo sin ambages que sus compatriotas habían ganado “una gran cantidad de territorio”, finalizando con la lapidaria “rocas para Colombia, mar para Nicaragua”. Lo cual, vale decir, no está muy lejos de la realidad.

Julio Londoño, el jefe de la delegación de Colombia, manifestó que la Corte se negó a “enclavar a San Andrés y trazar una línea de delimitación marítima entre el archipiélago y Cartagena, como era su pretensión”. Él ve el vaso medio lleno. Sí, eso pretendía Nicaragua, pero hubiera sido un verdadero exabrupto que todo se le hubiese concedido. Lo cierto es que cantar victoria hoy frente a este fallo resulta postizo. El gobierno colombiano debería llamar a las cosas por su nombre y aceptar que parte importante del mar de esa zona se perdió. Con sus consecuencias. Es mejor apreciar los hechos tal y como son para no desproteger a las comunidades que allí viven. Aceptar que el fallo de la Corte Internacional pone en dificultades la situación alimentaria de las comunidades raizales de San Andrés y actuar en consecuencia, es en lo que debería concentrarse el Gobierno. No en tratar de convencernos de que ayer obtuvimos un gran triunfo.

La Corte fue bastante salomónica en su decisión —sí, como lo previó hace meses la canciller Holguín— al no ceder ante la absurda petición de Nicaragua. Sin embargo, quitó parte del mar colombiano. Mar importante, por demás, en donde se desarrollaba una actividad pesquera que consiste en gran parte de la subsistencia y estabilidad económica de los pobladores que buscan las langostas, el caracol pala, la sierra, el atún. Su potencial económico es bastante grande.

También queda el gran problema del tránsito. Si bien Colombia se quedó con las rocas (que valen, por más que al excanciller Montealegre le parezcan una burla), no podrá transitar a gusto por allí, porque entre esa zona —ahí sí, enclavada— y el archipiélago poblado colombiano corre un mar que ahora es de Nicaragua. ¿Cómo lograr una zona de tránsito y de explotación pesquera artesanal ahora que eso no es nuestro? He ahí otro gran reto de nuestra diplomacia. Antes de enfrascarse en ver qué ganamos o perdimos, deberíamos pensar en lo mucho que necesitamos ahora de un acuerdo que proteja las costumbres de los raizales que allí ejercían sus derechos.

No nos oponemos a ver el vaso medio lleno, que lo está, ya que Colombia conservó la justa soberanía que tenía sobre todos los territorios. Pero sí a que de este modo se oculte la problemática que se le viene encima a una comunidad que quedó sin parte del mar que le daba para su alimentación diaria. Buena parte de la prensa isleña, en cambio, se declara igual que siempre: abandonada. Llegó la hora de llenar ese bache que se remonta a mucho más atrás que los once años de disputa.

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