Que la esperanza no se acabe

El llamado principal es que los jóvenes de la Comuna 13 de Medellín empuñen un micrófono en vez de un arma. El micrófono amplifica sus sentimientos, los deja volar, no le pone censura a lo que ellos quieran decir a través de las letras del hip hop o del rap.

Les compensa su realidad. La idea es que en un escenario de violencia intolerable, que incluye a actores armados de todo tipo y en donde los niños crecen al compás de las balas, el espacio sea llenado por el arte. Porque las letras prevalecen, los sonidos se quedan en la mente de quienes los oyen y la realidad va cambiando poco a poco. Se ve la esperanza en el horizonte. Ya el sonido no proviene exclusivamente de las balas, sino de las palabras y las ideas, que no se vencen.

“Revolución sin muertos” se llama el festival que ayudó a crear el rapero Jeison Alexánder Castaño, Jeihhco, bajo el lema “la violencia no nos vence”. Una salida artística para la búsqueda de un destino mejor. “Queríamos decirles que esa arremetida violenta no era el camino. Que si necesitábamos una revolución sería una que no incluyera muertos”, le manifestó el mismo Jeichho a El Espectador en marzo de este año. Y su iniciativa es brillante.

Un discurso distinto. Uno decente. Uno difícil, cuando los estándares morales están volteados y las armas lucen como el camino más fácil y exitoso. En la Comuna 13, gracias a un grupo de raperos que quieren una realidad más pacífica para su entorno, se respira a ratos un aire lleno de arte, que invita a tomar al toro por los cuernos. “Aquí sí hay amor”, se escucha en la letra que hace eco en el interior de esa comuna, muchas veces olvidada por el resto de Colombia, pero viva a pesar de todo. Se trata de mostrar que otra realidad está a la vuelta de la esquina.

Por eso resulta triste, por decir lo menos, el asesinato que se perpetró en la madrugada del 30 de octubre contra Elider Varela, El Duke, uno de los principales exponentes del rap de la zona, gestor del festival “Revolución sin muertos”, fundador de la Red Hip Hoppers Élite, educador de la Escuela de Hip Hop Kolacho y líder de la Comuna 13. El sobrenombre de El Duke viene de su primer grupo, Reino Clandestino, en el que había un duque. Su principal cruzada era enseñar a los niños a rapear, a hacer cosas que en la balanza de la sociedad fueran buenas, que pudieran escribir letras para narrar su vida en esa difícil comuna.

En Medellín ya van siete raperos asesinados en 3 años. Es decepcionante —sin olvidar el dolor que se siente por la pérdida de una vida humana— que un proceso social de resistencia a la violencia sea atacado por las balas. Es contraproducente e inexplicable. Es contradictorio.

La resistencia que tanto le enseñaron a Jeichho —probablemente el exponente más visible de todo este movimiento— debe ser la forma en la que se materialice el rechazo a esta muerte, que cae como un balde de agua fría a un proceso comunitario que ha resultado un acierto dentro del panorama de una comuna, como la 13, famosa en la historia por miles de otras cosas e historias que nada tienen que ver con las expresiones artísticas. El hecho de que un festival musical prevalezca allí es un indicio positivo.

Es por eso que la esperanza no puede perderse. Y es por eso, también, que las autoridades deben proteger a movimientos de este tipo, gestados desde la iniciativa de la sociedad civil. Hay que tener mucho cuidado a la hora de no dejar morir —literal y figurativamente— estas iniciativas que redundan en una sociedad más decente. Ojalá el lente de los gobiernos locales se ponga encima de estos procesos.