Evento mayor

El último gran representante del clasicismo vienés fue Ludwig van Beethoven, un sordo. Un sordo genial que, sobreponiéndose a su discapacidad auditiva, compuso con tenacidad una música inmortal.

 Esta Semana Santa que pasó, adornada sin gracia por unas riñas políticas insufribles, fue salvada por el arte. Menos mal aún se puede hablar de esto: Beethoven inundó el espacio y fue oído en el marco del I Festival de Música de Bogotá, catalogado por las voces expertas como un éxito rotundo. Y se repetirá, esa es la idea. La edición de 2015 tendrá a Wolfgang Amadeus Mozart, un austríaco que, muriendo en un estado de pobreza absurdo, compuso a la par la música probablemente más influyente de la historia universal.

Es positivo que un evento que nació en Nantes y que al día de hoy se sigue replicando con regularidad en Tokio y en Bilbao sea producido aquí en Colombia, en su capital, catalogada por la Unesco como Ciudad Creativa de la Música. Así, en cada Semana Santa de los años impares, los bogotanos tendrán una razón de peso para quedarse y nutrir su cultura en la música clásica. O los colombianos del resto del país una razón para venir a su capital.

Este evento fue de gran escala: 400 artistas, 56 conciertos, el 91% del total de la boletería vendido. El enfoque del director del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, Ramiro Osorio, fue generar nuevos públicos: para ello no solamente se hicieron conciertos en teatros tradicionales, como el Jorge Eliécer Gaitán, sino también en centros comunitarios, en bibliotecas públicas, en lugares calificados como “poco ortodoxos” para la difusión de la cultura. La eliminación de ese sesgo, de esa —llamémosla por su nombre— segregación cultural, terminó siendo un elemento del éxito de la iniciativa. Trece de los 56 conciertos fueron totalmente gratis. Una forma notable en la que se crean intereses culturales más difundidos en toda la sociedad. Enhorabuena, nuevos públicos pueden apreciar una música milenaria que ha roto el espacio y el tiempo. Y cada dos años podrán descubrir más y más sobre una cultura que, no sólo se ha perdido, sino que queda las más de las veces reducida a la aristocracia.

Este evento fue una oportunidad, también, para los músicos colombianos. La posibilidad de conocer referentes del género amplía enormemente los aprendizajes y las experiencias de vida: un ejemplo fue el concierto inaugural, en el que la Orquesta Filarmónica de Bogotá, dirigida por Enrique Diemecke, contó con la presencia de solistas reconocidos, como Fanny Clamagirand en el violín, Xavier Phillips en el violonchelo e Igor Tchetuev al piano.

Pero volvamos a Beethoven. De su música sonaron en Bogotá 29 sonatas para piano, cinco conciertos para piano, el Triple Concierto, 16 cuartetos, todas las sonatas para violín y piano, entre otras composiciones. Exquisito. No hay palabras suficientes para describir lo que implicó durante la Semana Santa la resurrección de este gigante alemán, cuyo homenaje se cerró con la Novena sinfonía, la sublime obra magna.

Es bueno hacer una pausa para dar lugar en la agenda a eventos como estos. A la difusión de la cultura, que aunque muchas veces invisible o menospreciada, sí es uno de los caminos para construir una mejor sociedad.