Fusiles contra lápices

Infame (aunque las palabras se hacen insuficientes para describirlo) el terrible atentado del que fue víctima Charlie Hebdo, un semanario satírico francés con sede en París.

Las cuentas: 12 personas muertas y 11 heridas, cuatro de ellas debatiéndose entre la vida y la muerte. Los responsables: unos terroristas que al grito de “Alahu al akbar” (“Dios es grande”), según lo que ha confirmado la Fiscalía, entraron a las once de la mañana de ayer a las instalaciones del semanario y, durante 10 minutos seguidos, dispararon contra el que se les cruzara.

Los muertos son el director del periódico, Stéphane Charbonnier: los caricaturistas Cabu, Tignous, Wolinski, Bernard Maris y tres más de quienes, al cierre de esta edición, no teníamos sus nombres; también dos policías: Franck D., abatido en la redacción, y Ahmed Merabet, en la calle. Finalmente, un invitado, Michel Renaud, que se encontraba ese día en las instalaciones, y una persona que esperaba en la recepción en el momento de la entrada terrorista. Una masacre sinvergüenza que le da un golpe contundente a la libertad de prensa no solo europea, sino mundial.

Los periodistas de esta publicación ya habían recibido amenazas por las polémicas caricaturas que publicaban en portada: desde 2006 empezaron las advertencias más extremas cuando pusieron en primera página algunas alusivas a Mahoma. Y decimos polémicas a sabiendas de que las caricaturas (que son una expresión válida y legítima de la opinión) llevan, por su propia naturaleza, ese elemento intrínseco.

No hay debate que valga contra alguien que tiene un fusil en la mano para defender a bala sus ideas. Lo que vivimos en la mañana de ayer fue un episodio deplorable y bastante triste. Y sin embargo, ante la barbarie, la voz que han intentado silenciar se va a multiplicar por el mundo entero. Es la única manera de cristalizar una solidaridad unánime, demostrar que el mensaje se fortalece cuando se le quiere eliminar. Claro, el costo ha sido inconcebible, pero el periodismo mundial tiene el deber de no callar frente a los actos terroristas: debe hacerles frente con gallardía.

Ahora bien, a la par de destacar y multiplicar el trabajo de Charlie Hebdo en sus distintas expresiones, resulta fundamental, también, hacer un llamado a que en Europa no predomine una actitud extrema en respuesta a lo sucedido: a eso es proclive el terrorismo también, a que surjan en la sociedad oposiciones radicales a los postulados básicos que este manosea como bandera. No puede haber, ni mucho menos, una condena a la población musulmana, inocente y ajena a estos actos violentos.

Claro que deben mejorarse los protocolos de seguridad. Y claro que deben dar con los culpables, que posiblemente son manipulados cual marionetas por mentes de mucho más rango en la escala del terrorismo. A su vez, suponemos oportuno que cuiden a periodistas de otros medios para que no caigan en las manos sanguinarias de unos cuantos desquiciados. Pero hay que tener mucho cuidado con respuestas violentas (casi que de igual tipo) contra personas que nada tienen que ver en este asunto: ya ven con miedo muchos europeos los movimientos de islamofobia que llenan algunas calles alemanas.

Ese no puede ser el destino de una serie de naciones que habían llevado mucho tiempo en alcanzar una serie de presupuestos mínimos para convivir en sociedad. La crisis que genera este acto vil contra el semanario francés debe provocar una reacción pronta desde la vía democrática, que es precisamente la que se ha puesto a prueba. No puede ser otra la solución.

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