Gestión de la biodiversidad en la Orinoquia

La cuenca del río Orinoco presenta un dinamismo económico que en pocos años puede llegar a transformarla profundamente.

Para la mayoría de los agentes de la transformación económica, en especial en la nueva frontera agrícola en Colombia, se trata de grandes espacios con pocos limitantes ambientales, listos para entregar a los inversionistas su rédito económico. Para el milagro agrícola que se propone, además de los capitales, solamente es necesario emular los paquetes tecnológicos del famoso cerrado en Brasil. Pero falta una pregunta adicional: ¿queremos emular también la destrucción de la biodiversidad que en el vecino país se viene documentando?

La expansión agrícola, petrolera y minera tiene la posibilidad, en unas pocas décadas, de consolidar la Orinoquia como uno de los espacios de pérdida de biodiversidad a nivel mundial. La Orinoquia posee una heterogeneidad ecológica sin par. En las sabanas, mal llamadas inundables, las concentraciones de vida silvestre son uno de los fenómenos de la naturaleza más sobresalientes del trópico americano. La sabana seca es un milagro de adaptación biológica a condiciones extremas. En conjunto, la diversidad biológica de sus sabanas, bosques de galería, palmares, escarpas rocosas, ríos de varios tipos y las selvas de transición hacia los Andes o la Amazonia podrían ser incluso más ricas que la misma Amazonia. Pero solo las selvas de galería y sus emblemáticos morichales han sido reconocidos como objetos de conservación.

¿Se debería entonces parar el crecimiento económico para dar paso a la conservación? De ninguna manera. Al contrario, hay una gran oportunidad para hacer gestión de la biodiversidad, en medio del proceso de transformación. Un laboratorio para la innovación en la conservación, integrándola dentro de los procesos de transformación productiva. Un espacio para la aplicación de los nuevos instrumentos jurídicos, como la nueva política de gestión de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos, y las compensaciones por pérdida de biodiversidad, entre otras.

Pero ello, sin embargo, es urgente un redireccionamiento sustancial de la política pública en la región. El Instituto Humboldt ya tiene claro, después de años de consultas con expertos, cuáles son las amenazas y oportunidades para la conservación de la biodiversidad. Falta declarar unas áreas protegidas estratégicas para poder dar el paso a la administración de dicha conservación.

Pero además hay que integrar la gestión de la conservación de la biodiversidad y los servicios que prestan los ecosistemas como elementos insustituibles en los nuevos paisajes agroindustriales en proceso de conformación. Al menos un 50% de la Orinoquia debería ser destinada a la conservación, incluyendo dentro de esta figura las formas de vida indígena y criolla, hoy también amenazadas de desaparición. La próxima generación no tendrá la misma libertad de elección, si no se complementa hoy audazmente la política de crecimiento económico con la de gestión de la biodiversidad y adaptación al cambio climático. Como dijo E.O. Wilson, considerado el más importante biólogo del siglo XX, una sociedad será recordada no solo por lo que está dispuesta a construir, sino por lo que está dispuesta a no destruir. Parafraseándolo, podríamos decir también: “Una sola Orinoquia, un solo experimento”. Llegó la hora de la integrar la conservación con el desarrollo.

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