La revolucionaria sensatez de Francisco

/ Fotografía: Gustavo Torrijos - El Espectador

Las palabras del papa Franciscoen Colombia fueron una invitación y un reto a todo el país, independiente de las creencias. Nos dejó la propuesta de una moral humanista que priorice la lucha contra la desigualdad y la pobreza como esencia de la construcción de una nueva Colombia. ¿Caerá su mensaje en los oídos sesgados por el individualismo y cortoplacismo que han caracterizado al país, en particular en los años más recientes?

Desde el primer discurso se vio así. A lo largo y ancho del espectro ideológico, políticos y ciudadanos utilizaron las palabras del pontífice para darles una interpretación ajustada a sus intereses particulares. Aunque es innegable que Francisco vino con ocasión del proceso de paz con las Farc, al cual hizo referencia en varias ocasiones, sus palabras trascienden esa coyuntura y se niegan a ser instrumentalizadas con fines políticos.

De hecho, uno de los mensajes más claros iba dirigido a la polarización y a una idea sencilla, pero que se ha perdido en el debate nacional: la paz no depende de un acuerdo ni una política particular, mucho menos de unas personas, sino de la respuesta que todos los colombianos demos a la pregunta de si somos capaces de encontrarnos pese a nuestras diferencias. Como dijo el papa, “la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo”.

Utilizar las palabras anteriores para sostener una posición política particular es traicionarlas y, peor aún, perder la oportunidad de hacernos la pregunta difícil de cómo convivir pese a la polarización.

Leer la visita del papa en la dinámica estéril de los que están a favor y en contra del Acuerdo de Paz sería ignorar el verdadero reto de sus palabras. En un simbolismo no menor, Francisco aprovechó su primer discurso, dado ante la élite del poder en el país convocada al Palacio de Nariño, para hacer un ruego: “Les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes”.

Para Francisco, Colombia necesita concentrarse en “resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales”. Por eso, “todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos ‘de purasangre’, sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un país, en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad está la riqueza”.

Como escribió Mauricio García Villegas en El Espectador, “Francisco tiene un poderoso mensaje de unidad no sólo para los católicos, sino para todos. Ese mensaje está fundado en una moral simple, básica, de hermandad, solidaridad y respeto. Una moral universal, que podría no necesitar la fe en Dios para mantenerse en pie”.

Esa, nos parece, es la importancia del paso del papa por nuestro territorio. En medio de un mundo que tiende al sectarismo, y frente a un país con divisiones cada vez más agresivas, Francisco apela a nuestra capacidad de ser mejores; a recuperar el sueño de una Colombia donde, como dijo en Villavicencio, “el odio no tiene la última palabra”. El argumento elocuente en favor del humanismo quedó sobre la mesa. Depende de los colombianos decidir si estamos dispuestos a cambiar la mentalidad. Valdría la pena que lo intentáramos, que trabajáramos para conseguirlo.

 

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