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Editorial 30 Ago 2010 - 11:00 pm

La ley de cuotas y su importancia

DURANTE LA ELABORACIÓN DE la Constitución de 1886, el constituyente José María Samper sostuvo que Colombia estaba muy lejos de aceptar la ciudadanía femenina, pues la mujer no había nacido para ser política, sino "para obrar sobre la sociedad por medios indirectos, gobernando el hogar doméstico y contribuyendo incesante y poderosamente a formar las costumbres y a servir de fundamento y de modelo a todas las virtudes delicadas".

Por: Elespectador.com
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    http://www.elespectador.com/opinion/editorial/ley-de-cuotas-y-su-importancia-articulo-221829
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Casi 70 años después, con la reforma constitucional de 1954, la consolidación del proletariado y de diversos movimientos socialistas, se le otorgó finalmente el derecho de elegir y ser elegida. Este derecho, sin embargo, quedó más en el papel que en la práctica. Aunque la votación de las mujeres aumentó con el tiempo, su suscripción activa en el poder se ha demorado.

Esto con todo y que hace 10 años Colombia aprobó la ley de cuotas para cargos de designación de carácter decisorio en los poderes Ejecutivo y Judicial. Desde entonces, por norma, las mujeres deberían haber ocupado mínimo el 30 por ciento de estos puestos. No obstante, la decidida reticencia a la medida ha hecho que la esfera política siga siendo en gran medida un “club de caballeros”. Según un informe elaborado por la Procuraduría General de la Nación en 2008, de las 1.174 instituciones estatales, tan sólo 137 cumplían a cabalidad con la normativa. Para el Legislativo, incluso, ni siquiera se han podido implementar las conocidas cuotas. De aquí que a nadie sorprenda que en las elecciones pasadas al Congreso, de los 2.335 candidatos que aspiraban a una curul, sólo 551 fueran mujeres.

El hecho más reciente de apatía hacia la igualdad de género lo constituyó la omisión por parte de la sala de administración del Consejo Superior de la Judicatura de la cuota femenina en las listas de aspirantes a magistrados de la Corte Suprema. El error, si bien suscitó algunas protestas, no generó indignación. De hecho, las quejas estuvieron más orientadas a resaltar la ya anunciada incompetencia del organismo que a lo significativo del olvido. Reacción, entre todo, bastante diciente, pues no se trata de cualquier lista. La Corte Suprema es, ni más ni menos, el tribunal de última instancia y, por ello, un organismo de inmenso poder. La falta debió, y con razón, haber producido un escándalo.

Tristemente, el letargo de la reacción también era de esperarse. Al fin y al cabo, la ley de cuotas es tenida por muchos, no como una medida necesaria para acabar la discriminación en el país, sino como un capricho clásico de las feministas, que si bien es políticamente incorrecto reprochar, no es algo que amerite atención. Actitud sin duda censurable, en especial porque de lo que se trata es del acceso más claro de las mujeres al poder. Esto es, acceso a la oportunidad de cambiar los referentes colectivos y de reversar tendencias culturales. Tendencias que son, en este caso, y a pesar de reivindicar “virtudes delicadas”, altamente violentas y discriminatorias.

No es azar que los índices de maltrato conyugal no cedan y el embarazo adolescente mantenga tasas del 40%. Tampoco es casual que las mujeres ganen 15% menos que los hombres en cargos iguales o que haya una falta de reconocimiento del valor social y económico de las labores domésticas. No se trata, pues, de una realidad inofensiva. El machismo genera daños. Es mucho lo que está en juego y el país tiene que aprender a reconocerlo. Debería ser para todos irritante tanta tolerancia con el descrédito femenino. A veces pareciera como si la discriminación no nos doliera.

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