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No sólo el hambre y las condiciones adversas del día a día llevan a no pensar en planes a futuro por la premura del presente; es la realidad perpetua de un túnel sin salida: los pobres no pueden educarse, no tienen acceso a crédito (salvo la usura, otra maldición circular de clase), no construyen sus casas en lugares adecuados, no comen, y cuando lo hacen no se nutren, no se incluyen dentro del relato colectivo de una nación...
No salen, insistimos. Malviven por generaciones y generaciones, reproduciendo patrones idénticos. Ese es el verdadero problema de quienes denominamos “pobres”. Su cruda realidad. Alejándonos por un momento de las variables económicas, ellos son la prueba fehaciente de la simplista (y por lo mismo sabia) afirmación del boxeador Kid Pambelé: “Es mejor ser rico que pobre”. Nada más cierto que esta obviedad superlativa proveniente de un hombre como él.
Pues bien, el lunes, el presidente de la República, Juan Manuel Santos, dio con entusiasmo algunos resultados de las mediciones que de este índice se hacen: hay menos pobres, dijo. No sólo menos pobres, esa categoría de la que apenas conocemos la superficie, sino también menos “pobres extremos”. No queremos ahorrarnos un aplauso para el presidente Santos y su gobierno. Es evidente que el cambio en la medición de la pobreza instaurado desde hace unos años ayudó a focalizar los insumos más urgentes para ciertas poblaciones. Y no es un misterio, tampoco, lo que las cifras revelan con elocuencia: 3,6 millones de personas salieron de la pobreza; hay una disminución, por ende, de 9,7 puntos porcentuales. Dos millones de personas salieron, también, de la pobreza extrema; 5,1 puntos porcentuales menos.
Claro que, al menos en las cifras, queda por solucionar la otra cara de la moneda. Números grandes que, sin duda alguna, representan retos de igual envergadura: aún tenemos en Colombia 13’121.000 personas viviendo en la pobreza (y en sus trampas) y 3’866.000 viviendo en la extrema pobreza (y sus trampas dobles). Así que ahí tienen: esos problemas no tan menores son los que hay que solucionar luego de nuestro aplauso mediático, por merecido que sea.
Pero la mesa tiene más patas: la pobreza está llena de laberintos. Salir de ella implica (desde el punto de vista de la medición que el lunes pasado nos entregaron) ganar al mes unos cientos de miles de pesos más. Lo suficiente como para adelgazar una cifra, pero no para engordar la de la clase media. Un limbo. El problema persiste aunque la fiebre haya bajado. Y si bien una cosa no quita la importancia de la otra, sí es una problemática que hay que empezar a solucionar.
Beatriz Linares, directora de la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza Extrema, dijo ayer a Blu Radio que estas cifras fueron recaudadas según los ingresos de las personas: ganan un poco más en plata blanca, pero se cuentan sin atención al Índice de Pobreza Multidimensional (que aborda varios niveles de expresión de esa realidad), cosa que podría aportar un poco más de datos.
Lo cierto es que estas personas que “salieron de pobres” aún se encuentran en una situación de vulnerabilidad latente: eso es, justamente, lo que hay que cuidar. Si ya salen de las mediciones de una categoría, es hora de que llenen las de otra: la movilidad social que este país no conoce. Y eso no sólo se logra a punta de estadísticas duras sino de programas serios que vayan empujando a quienes hoy residen en el purgatorio. Irrigar de sangre esos conductos: hacerlos vivir.