Más allá de una marcha

"¡Ni una más!", reza la convocatoria a la marcha ciudadana del día de hoy, cuyo propósito es rechazar una práctica cultural deplorable, pero aun así inmersa en la cotidianidad: la violencia que a diario se ejerce en este país contra las mujeres. Una conducta que no es otra cosa que la discriminación contra ellas llevada a extremos físicos de salvajismo. Es obvio que la marcha se hace en el contexto muy específico del crimen cometido contra Rosa Elvira Cely, que a todos nos aterra.

No sólo por el despliegue mediático que se ha dado, sino también, y sobre todo, por la crueldad que se cometió contra su cuerpo: fue golpeada en la cabeza, luego violada, apuñalada en la espalda y finalmente empalada, al parecer, con una rama de árbol que destruyó a su paso los órganos internos, causándole una peritonitis y posteriormente la muerte. Así como suena: una práctica medieval de tortura cometida en pleno corazón de Bogotá, el Parque Nacional. Todo apunta a que una persona con la que antes compartía —y conocía— fue quien le hizo todo esto, a juzgar por las últimas palabras que Rosa Elvira pronunció.

Es natural que estos hechos causen conmoción. Generan infinidad de preguntas y cuestionamientos sobre lo que pasaba por la mente de esta mujer: la angustia, la esperanza de que alguien llegara a salvarla después de llamar al número de emergencias, la desolación, la impotencia. Lamentamos profundamente este acto de violencia, como todos los colombianos lo hacen hoy. Es importante, sin duda, el acto simbólico de protesta que se ha organizado y sobra decir que El Espectador se une a él.

Pero esta marcha, esta protesta, debe encontrar un alcance superior al caso particular de Rosa Elvira que, por su brutalidad, ha despertado con razón repudio general. La idea de que este ataque que hoy nos indigna es la acción particular de un monstruo, de un sicópata, como se ha escuchado decir cándidamente esta semana, no hace sino generar un ocultamiento del problema global: la discriminación de la mujer. Y si bien la sevicia de este hecho ha sido atroz, en el fondo lo que visualiza es una problemática de la que el país debe estar al tanto y debe enfrentar desde sus raíces.

El caso de Rosa Elvira parece inspirarse en dos de las frases que resumen las agresiones de hombres contra mujeres, a saber: “si no es mía no es de nadie” o “el dueño de su cuerpo soy yo”. Y es esto lo que impulsa a las otras infinitas conductas que suceden a diario en este país: los golpes, los insultos subidos de tono, la aberrante práctica de desfigurar sus rostros con ácido.

El debate, entonces, debe ir más allá de la atrocidad, porque quedarse sólo en ella es probablemente igual de destructivo en términos simbólicos. No es solamente justicia en este caso particular, aunque también, lo que debemos exigir. Muy mal anda una sociedad en la que un director técnico de la selección de fútbol golpea a una mujer con la que se toma una bebida, en la que la violencia sexual contra las mujeres es usada como arma en el conflicto, en la que algunos papás o padrastros violan a sus hijas, en la que demasiados hombres llegan a pensar que tienen derecho de desfigurar a las mujeres para siempre con un ácido apenas para mostrar que se es dueño de sus cuerpos. Esa realidad es la que requiere confrontar.

El infame “ella se lo buscó”, “ella dio papaya”, “¿quién la manda a vestirse así?” y demás excusas que se cuelan en el pensamiento de muchos hombres —fiscales, jueces, médicos, funcionarios— a la hora de conocer un caso de violencia contra las mujeres es lo que se debe eliminar del discurso. Sólo así se podrá alinear un rechazo diario y coherente hacia la discriminación y violencia contra las mujeres. Ojalá que gritando, como lo haremos hoy, ¡ni una más!, comencemos a cambiar en serio nuestra mentalidad como primer paso hacia una sociedad realmente igualitaria y respetuosa.

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