Menos pobres

Varios indicadores económicos dio esta semana el gobierno de Juan Manuel Santos. Positivos, en su mayoría, aunque no sobra ponerlos en un contexto adecuado.

El de más impacto  fue, sin duda, el de reducción de la pobreza: entre 2011 y el año pasado este indicador cayó 1,4%. Dicho en términos reales, en Colombia hay más de 400 mil personas que han logrado salir de la pobreza. Y de sus trampas, que no son pocas.

Muchas son las razones por las que una persona no puede salir de la base de la sociedad, y no es por “pereza” o “falta de ganas”, como se afirma a veces con irritante comodidad. Ojalá fuera por eso. El problema es de más calado: el pobre no sale de su estado económico y social porque no puede, porque su contexto lo determina a entrar en un círculo vicioso: a no poder educarse, a que no le den créditos (salvo si se endeuda con un usurero), a construir sus casas en lugares ambientalmente problemáticos expuestos a perder lo que tienen, a no comer... Factores todos que están por encima de esas familias, como un monstruo de mil cabezas imposible de matar. La trampa de la pobreza, la llaman los expertos.

Ahí es donde la tan mentada “mano invisible del mercado” falla y los gobiernos deben entrar  a intervenir  ciertos aspectos, a crear insumos, a abrir oportunidades, en fin, a ayudar a quienes lo necesitan. Más que dádivas y demagogia, se trata de llevar el Estado como un todo, como un ente que garantiza derechos y los materializa a través de programas integrales que vayan rompiendo esas trampas. Y los implementados  a lo largo de los últimos años en el país han sido, hay que decirlo, fructíferos. Red Juntos y su sucesor Red Unidos, Familias en Acción y su sucesor Más Familias en Acción,  han creado oportunidades focalizadas que ayudan a luchar contra esos fantasmas.

Sin embargo, no se trata solamente de los programas específicos. También los giros macroeconómicos han puesto su parte. La reducción de la pobreza es, también, un resultado obvio del crecimiento de la economía durante los últimos diez años, del aumento de la inversión extranjera (que, igual, debe seguir corrigiéndose), de la seguridad, del mejoramiento sustancial de la región de este costado del mundo, del intercambio económico. Antes fue mucho lo que demoró ese avance de la economía en manifestarse en las escalas más pobres de la sociedad.

El trabajo también pone su cuota: sobre todo el informal, que es la sombra grande que no queda siempre en los conteos. Los informales de este país tienen un nivel de productividad bajísimo,  jornadas bastante largas y  condiciones deplorables. Lo hemos repetido varias veces en este espacio: hace falta una política macroeconómica que tenga como finalidad la generación de empleo. Así se impacta la pobreza.

Con todo, el índice que se nos antoja como el más importante es el  Gini, que mide la desigualdad. Porque es la desigualdad la que en un país como Colombia determina el destino de una persona de manera casi irrefutable. Por brindar a unos y a otros oportunidades disímiles, educaciones segregadas, países distintos incluso. El índice Gini, si bien bajó, sigue siendo excesivamente alto. Fue de 0,539 en 2012, bajando 0,009 puntos. Avance, sí, pero no el suficiente. Y si no reducimos la desigualdad que nos aqueja y que nos determina, el país no podrá avanzar.

Bienvenidos estos datos, pues, pero hay que fortalecer los programas, los de asistencia social y también los educativos, los de salud, los de vivienda. Un mejor país sí se puede construir.