No pudimos

Después de ocho horas de Sala Plena, cuando buena parte de Colombia esperaba el fallo sobre la adopción de menores de edad por parte de parejas del mismo sexo, la Corte Constitucional, por fin, dio el miércoles pasado una respuesta que en nada satisface las altas expectativas de quienes defendemos la posibilidad de vivir en una sociedad más igualitaria: la corporación negó de un tajo dicho derecho. Dos homosexuales no pueden acoger en su hogar a un niño que no tiene familia. Al parecer, y por ahora, se trata de un imposible jurídico.

Algunos califican la decisión (que es más bien un mensaje por Twitter y nada más) como un avance para este país: porque también quedó claro con el fallo que, siempre y cuando un miembro de la pareja sea el padre biológico del menor, el otro puede adoptarlo. Y sí, se trata de un paso adelante. O, por lo menos, de una ampliación al reducido privilegio que cobijaba, por decisión de la misma Corte, a una pareja de lesbianas en Medellín desde el año pasado. Para quienes conocen los amplios vericuetos del derecho, multiplicar los casos de una sola sentencia a todos los posibles que pueden presentarse en la realidad futura es un avance. Aunque uno pequeño, eso sí: a nadie con dos dedos de frente se le escapa esta lógica.

Por ahora no entendemos cuáles son las razones jurídicas para limitar el derecho. Y mucho menos entendemos esa nueva forma de ver la realidad de las familias: al parecer en Colombia, de ahora en adelante, los hijos biológicos y los adoptados pertenecen a dos categorías distintas frente a los privilegios que tienen los padres homosexuales. Es bastante irrazonable que en un mismo país, con presupuestos de igualdad tan grandes, unas parejas del mismo sexo puedan tener un hijo en su hogar y otras no, simplemente porque uno de sus miembros tenga una relación biológica con él. Imaginemos la protesta social gigantesca que se armaría si la Corte decidiera lo mismo para una familia tradicional conformada por un hombre y una mujer.

Pero salgámonos de lo jurídico. Vayamos a lo práctico. Este país merece dos cosas básicas. La primera es que los hijos (adoptados o biológicos) de las parejas homosexuales puedan convivir en ambientes de tolerancia con los hijos (adoptados o biológicos) de las parejas heterosexuales. Es lo mínimo. Y entre más representantes haya de ambas realidades, todo sería mucho mejor. Eso es, justamente, lo que genera un escenario proclive a que se elimine la discriminación por motivos de orientación sexual. La segunda es, por supuesto, la realidad de los menores sin familia: este país merece que esas decenas de miles de niños tengan la oportunidad de encontrar el amor que necesitan para desarrollarse como personas. Nada de esto, sin embargo, sucederá en el futuro próximo, cosa que resulta lamentable.

Por otra parte, es inconcebible que a estas alturas de la historia una gran parte del país piense que los homosexuales son iguales a los heterosexuales, pero con condicionamientos bien serios. Los procesos represados en el Congreso (que es donde debería darse todo este debate) recayeron en una Corte Constitucional que dio un pequeño paso adelante en lo que se llama la adopción consensual, pero que dejó un gran vacío, un pendiente impresionante, en cuanto a lo que se llama la adopción conjunta. Por ahora no somos iguales, así la Constitución que nos rige lo diga en letras mayúsculas debajo del acápite que enumera los derechos fundamentales de las personas que vivimos en Colombia. No pudimos. 

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