¿Cómo nos vamos a reconciliar?

Ante la polarización, el resentimiento y el miedo que caracterizaron este 2016, ¿cómo vamos a hacer para reconciliarnos y construir una sociedad capaz de trabajar unida y no mirándose con recelo desde los extremos?

Ahora que los colombianos aprovechan la fecha para encontrarse con sus familias o amigos, y que el país parece tomarse una pausa para respirar, consideramos que hay una pregunta que debería estar en el centro de todas las reflexiones individuales y colectivas: ante la polarización, el resentimiento y el miedo que caracterizaron este 2016, ¿cómo vamos a hacer para reconciliarnos y construir una sociedad capaz de trabajar unida y no mirándose con recelo desde los extremos?

Ha sido un año muy complicado en todos los aspectos. Los problemas económicos se acentuaron, afectando, como es habitual, a los más necesitados, y el Congreso acaba de terminar una amarga discusión sobre una reforma que aumenta el peso tributario sobre todos los colombianos. El proceso de paz con las Farc, que debió haber sido un motivo de euforia y esperanza para el país, sacó a relucir las peores prácticas políticas y causó heridas que seguirán abiertas en el 2017. En general, y en vísperas de un par de años de campañas electorales, la sensación que queda es que las posiciones ideológicas se están radicalizando y, por ende, alejándose de la capacidad de encontrarnos y construir juntos.

Lo mismo ocurrió en el mundo. La impotencia de ver la crueldad irracional del terrorismo aparecer una y otra vez a cobrar sus víctimas se aumenta con la elección de líderes como Donald Trump en Estados Unidos, quien hace poco anunció una nueva carrera armamentista. Como si más violencia es lo que necesitase este planeta. La incapacidad mundial de detener el infame derrame de sangre en Siria es señal de los tiempos difíciles que vienen.

Las palabras, también, fueron víctimas del extremismo. En la era de la posverdad y de los discursos inflamatorios difundidos como virus, vimos muchas personas declamando en redes sociales y en todos los distintos medios de comunicación, mas nunca conversando. Cuando sometemos el debate público nacional a la lógica del “me gusta” estamos resignándonos a sólo hablarles a nichos, pero jamás con aquellos que piensan diferente. El resultado son las discusiones políticas que vimos este año en el país, llenas de líneas rojas inamovibles que estancan el progreso.

No podemos continuar así si queremos en realidad construir una Colombia donde todos quepan y que pueda soñar con abandonar la violencia. Las raíces de la discordia permean todos los ámbitos sociales, y tal vez nunca están más en evidencia que en estos encuentros de fin de año, cuando las conversaciones necesariamente se acercan a temas tensionantes por culpa de las diferencias.

Llevamos demasiados años con un país dividido, arrogante en sus creencias y terco con sus prejuicios. Podemos, por supuesto, tomar la decisión de seguir odiando con motivos ideológicos y aislándonos, pero hay señales nacionales y en el resto del mundo que nos piden entender que los retos sociales son cada vez más grandes y por ende sería útil poder enfrentarlos entre todos.

Estas fechas se asocian con la bondad y la reconciliación. Hoy, más que nunca, esos sentimientos cobran relevancia. Que el encuentro con los cercanos sea la oportunidad de recuperar el diálogo y descubrir formas de bajarle la hostilidad al país entero.

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