La parodia

El famoso programa radial La Luciérnaga, legendario por llevar décadas haciendo una burla crítica a nuestros gobernantes, se mostró preocupado el lunes por un proyecto de ley que cursa estos momentos en la Cámara de Representantes: “Por medio del cual se adicionan unos artículos al capítulo III de la Ley 23 de 1982 sobre Derechos de Autor”.

La iniciativa es presentada por los representantes Augusto Posada y Juan Manuel Campo. Su finalidad es válida: establecer limitaciones y excepciones sobre los derechos de autor y derechos conexos, con el fin de que haya un equilibrio frente al uso de las nuevas tecnologías, entre otros aspectos, harto importantes en el mundo de hoy. Al menos eso se lee en la exposición de motivos.

¿Por qué estaban preocupados —entre risas, claro— los miembros de este programa? Porque el literal ‘d’ del proyecto intenta regular la parodia, esa actividad con la que ellos (y muchos otros) se ganan el diario vivir. Dice el texto que será permitida “la transformación de obras artísticas o literarias divulgadas, siempre que se realice con fines de parodia y no implique riesgo de confusión con la obra originaria, no se afecte el derecho moral de integridad del autor, ni tampoco se cause un perjuicio injustificado a los legítimos intereses del autor o se afecte la normal explotación de la obra originaria”. Y, encima, el proyecto explicaba qué significa parodia: una imitación jocosa que implica burla o chanza. Es decir, y esa es la molestia de los humoristas, si bien se permite, se está regulando la parodia. Lo curioso es que este aparte del texto, por lo menos en la última versión que este diario recibió, desapareció. ¿Entonces, qué debemos entender por parodia en el artículo citado?

Alrededor del tema hay mucha confusión. De los críticos, probablemente, pero también de la falta de exposición de los ponentes.

Este espacio ha servido para hacer el llamado a regular mejor el tema de los derechos de autor y de la propiedad intelectual en el mundo contemporáneo. A que los legisladores entiendan que el mundo digital, y toda la democratización del conocimiento que han traído las nuevas tecnologías, no puede regularse como se regula el mundo de lo que es tangible. A que sepan de una vez que millones de personas (creadores de contenidos incluidos) alrededor del mundo aceptan una realidad en la que el conocimiento se comparta, se use, se esparza con el fin de que se cree más conocimiento.

Lo cierto es que un proyecto de ley que establezca excepciones a la rígida regulación que los derechos de autor tienen está más que bien. Sin embargo, hay que cuidar (sobre todo en este tema, que tiene que ver nada menos que con la libertad de expresión) la redacción de las palabras. Ya varios sectores han saltado por esta sorpresiva regulación de la parodia: ¿qué pasaría cuando no se cumple a carta cabal lo que aquí se entiende como tal? ¿Cómo se castigará? ¿Estarán estos humoristas condenados a seguir un manual? Y ahora, en el nuevo escenario, ¿qué significa esta palabra dentro del articulado?

En estas cuestiones de técnica legislativa hay que tener criterios más claros a la hora de redactar: Si bien la finalidad es noble, hace falta un debate de altura y de técnica, sobre todo, para regular este tipo de temas tan delicados y tan difíciles de cuantificar.

De acuerdo con la abogada experta Carolina Botero, al proyecto le faltó difusión, discusión en la sociedad. Bueno que se haya abierto el debate para que no siga pasando de agache.