Foro El Espectador y Colombia 2020: La inclusión y la educación, pilares para la paz

hace 5 horas

La paz posible

HACER UN PROCESO DE PAZ EXItoso tiene miles de inconvenientes. Todo en el camino está en contra: viento, mar y tierra. Todo. Las experiencias de cada quien, los intereses de cada quien, las tolerancias de cada quien son en extremo diferentes y acaso irreconciliables para llegar a un acuerdo común.

Están  los argumentos políticos: que el grupo armado no lo merece, que ya casi lo iba a derrotar el Estado y su fuerza armada legítima, que las víctimas no podrían soportarlo, que va a haber  impunidad... Hay los jurídicos, que necesarios, sí, pero a veces llegan al extremo de lo técnico: que las comisiones de verdad, la justicia transicional, que la decisión de la Corte Constitucional sobre tal o cual aspecto y que la Corte Penal Internacional y  la refrendación, referendo o constituyente o algo diferente...

Es fundamental, vital, que  un proceso de paz promueva estas dudas y muchas más. No tendría solidez y permanencia  un acuerdo que no supere todo ese tipo  de obstáculos y vaya  corrigiendo  su curso.

Y sin embargo, en una negociación como la que en buena hora  se ha emprendido con las Farc en La Habana, es importante cada cierto tiempo recordar el objetivo central: la paz, a secas, ese derecho de todos los ciudadanos que está consagrado en la Constitución. Y cuando eso se hace, responder  por qué vale la pena el esfuerzo es relativamente sencillo: basta con imaginar por un instante un país distinto, en el que no estemos informando todos los días sobre la sangre derramada en el campo a manos de un grupo que lleva cinco décadas refugiado en él. Un país  posible, alcanzable.

 Insistimos: hacer un proceso de paz no es fácil. En lo que lleva el conflicto con las Farc, muchos se han dado a lo largo de esa historia. Belisario Betancur, por ejemplo, entre 1982 y 1984, con los llamados Acuerdos de La Uribe; y Virgilio Barco, que los mantuvo, aunque  a medias, y luego se acabaron en 1987; está la cuota de César Gaviria, que lo intentó aquí en Arauca, luego en Venezuela y después en México; Samper, entre 1994 y 1995, empañado por su proceso 8.000;  el de Andrés Pastrana y sus 42.000 kilómetros cuadrados  despejados como requisito para hablar. Luego, la desesperanza y la confianza plena de que ese no era el camino correcto.

Pero los vientos del diálogo volvieron. A los dos años de este Gobierno, cuando   informó que unos acercamientos reservados se habían dado y, luego, una declaración pública firmada por parte y parte,  de nuevo  el país se esperanzó con la idea de la paz posible. 

Henos aquí, entonces, de nuevo, viendo esta posibilidad histórica muy cerca. A lo largo de todo este proceso El Espectador ha sido optimista: por la forma en la que se ha llevado, por los pasos cumplidos dentro de la agenda, porque pese a las adversidades, que han sido muchas, los delegatarios vuelven a Cuba y se sientan  a negociar, a avanzar. La posibilidad de que sea este el momento de la paz firmada es más cierto que nunca. Y dejarla diluir sería más costoso que nunca.

Creemos, firmemente,  que esta es la hora de la paz. Nuestra apuesta es esa. Y el motivo de esta edición especial, también. No buscamos ocultar las diferencias ni los debates ni las críticas, queremos recordar el objetivo, no olvidarlo, resaltarlo. Y con ello, que cada uno  piense por un momento en lo que representaría para este país sacudirse de su conflicto.

Es la hora de la paz. De preguntarnos, cada uno, ¿cuál es nuestro aporte a ese objetivo? ¿Podremos pensar en levantarnos un día y no oír noticias de guerra? Puede ser. Llegó la hora.

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