A recuperar Cartagena

Desde agosto del año pasado el alcalde de Cartagena, Campo Elías Terán, lucha contra un cáncer de pulmón que se agrava con el pasar de los días.

El lunes de esta semana su abogado, Abelardo de la Espriella, salió a decirle al país que ya había sido suficiente: “La salud de Campo Elías está muy deteriorada, su vida pende de un hilo y les pido a los cartageneros que hagan sus votos para que se recupere”. Toda nuestra solidaridad con él y su familia. Ojalá, sí, se pueda recuperar.

La ciudad, sin embargo, no puede depender de su suerte personal. Habiendo gobernado tan solo ocho meses, la ciudad de Cartagena luce abandonada. Al menos así se siente. Ya vamos a llegar a la mitad de este nuevo año sin que pase nada: ¿para cuándo, entonces, Cartagena tendrá el rumbo definido? Aparte del cáncer que tiene su vida en peligro, Campo Elías Terán también fue suspendido de su cargo por oficio de la Contraloría General de la República en un caso de detrimento patrimonial. Mientras tanto, a la ciudadanía le ha tocado ver cómo, de funcionario en funcionario, de aplazamiento en aplazamiento, su ciudad se ahoga en la burocracia, en que se resuelvan trámites administrativos menores (e inútiles, a veces), mientras la gestión pública de su plan de gobierno se queda en la nada.

Lo malo es que en Cartagena hay mucho por hacer. Y dinero en juego hay para ello. Está, por ejemplo, el Plan Maestro de Drenajes Pluviales, una iniciativa para frenar las inundaciones permanentes que se dan en los inviernos. Este plan costaría la bicoca de 300 millones de pesos. Quien gane la adjudicación de esta obra trabajará en ella 30 años seguidos. Pero hay más: el sistema de transporte masivo, la concesión de basuras, los macroproyectos inmobiliarios, en fin, proyectos millonarios que bien ejecutados construirían una mejor ciudad pero que en las manos erradas (y muchas se aprestan, como aves de rapiña) serían un foco más de corrupción.

Solo hace falta salirse de sus murallas magníficas para darse cuenta de la pobreza y la segregación, la desigualdad y el hambre. Las elecciones atípicas que se vienen para Cartagena –se calcula que serían en agosto, luego de la renuncia formal, los trámites en Presidencia y Registraduría— deben tomarse muy en serio. Debe hacerse una estricta veeduría para evaluar la calidad de quien quiera ocupar ese cargo. Lo que está en juego es grande, hay que recuperar la gobernanza de una de las ciudades más importantes de Colombia. Serán casi dos años sin un mandatario real que haya tomado las riendas. Y ese tiempo perdido se paga. Los atrasos de un gobierno son devastadores.

Esta situación también deja en evidencia el llamado que hemos hecho durante mucho tiempo: atender con más cuidado el tema de la salud de los mandatarios. ¿Cuántos más se tienen que enfermar y por cuánto tiempo para que el Congreso decida que es oportuno regular el tema, crear protocolos, prever situaciones? Cartagena lo sufrió en carne propia y lo seguirá pagando en parte por cuenta de la falta de claridad. El trámite para las nuevas elecciones, si bien es sencillo, es largo y lleno de burocracia. Es hora de ponerle nombre a las cosas y afrontar ese vacío normativo que hay en nuestro ordenamiento.

A Cartagena se le viene una recta final dura, pero debe aguantar. Y debe, sobre todo, elegir bien. Ya es mucho lo vivido en estos dos años como para darse el lujo de despilfarrar su futuro, el de sus proyectos y el de su importancia a nivel nacional.