Las reglas del juego

Cada tanto en este país se discuten las reglas del juego electoral. Que si bajar el umbral, que si subirlo, que si incluir más partidos en aras del pluralismo o dejar a unos cuantos para que prevalezca la fortaleza institucional.

Todo este palabrerío de salón de clase de ciencia política está volviendo a surgir, a tan solo cuatro meses de que se inscriban los candidatos para que se conforme el nuevo Congreso. ¿La razón? Salta a la vista que muchos de ellos quieren promover la reforma electoral para asegurar un cupo en el Legislativo, en caso de pertenecer ellos a una colectividad no tan fuerte. Pero, sobre todo, se trata esto de armar, a futuro, coaliciones de pequeños partidos y así entrar en el juego democrático que definirá las elecciones presidenciales de 2014.

El próximo presidente del Congreso, Juan Fernando Cristo, ha dicho que va a empujar dicha reforma electoral. Lo hará, pensamos, en tiempo exprés. Y lo hará, dirá él, bajo la loable idea de promover pequeños partidos y coaliciones entre ellos, para que, con los votos reunidos puedan superar el umbral y entrar en la balanza a competirles a los pesos pesados. Suena bien, claro, eso de ayudarle al desvalido a enfrentar al poderoso. Sin embargo, esta salida, esta carta bajo la manga de los pequeños, contraviene las reglas de la democracia. Ya lo ha dicho el mismo Polo Democrático Alternativo: “la modificación de las reglas de juego en pleno proceso electoral contraviene claros principios democráticos”. Y tienen razón: en pleno juego no se cambian las normas al capricho de quienes pueden ser beneficiados por él. No puede ser que, una y otra vez, tengamos que repetirles a nuestros legisladores esa premisa mínima de la democracia.

Aparte de esto, que ya daría para no adelantar dicha reforma, el profesor Rodolfo Arango mencionó en su columna de ayer en este diario un problema adicional: permitir esto (que se pasen los candidatos de un partido a otro o que se reúnan varios pequeños, todo con intereses electorales antes que ideológicos) es sustraerle al elector su capacidad, casi esencial, de castigar, o premiar, a las colectividades. No es por cuenta del umbral que éstas desaparecen, sino por su incompetencia. Y maquillarlas para vendérselas al ciudadano bajo un nuevo rostro resulta indecoroso, por decir lo menos.

Lo que se debate aquí, de fondo, es sin embargo mucho más grande: se trata de la fortaleza de los partidos en Colombia. Solo con partidos estructurados, de ideales claros, con los cuales el ciudadano de a pie pueda identificarse, es que puede avanzarse en términos de democracia representativa. Porque son ellos quienes promoverán debates e iniciativas que redunden en la evolución del país. No será, en cambio, si quienes están para representarnos trabajan sólo bajo el afán de ser elegidos. Una reforma electoral de este tipo, concebida para la siguiente votación, sólo alimenta que los partidos se construyan al vaivén de las circunstancias y no por un verdadero esmero político y una convicción fuerte.

Siempre hemos sido, y seguiremos siendo, constantes en nuestro apoyo para que existan diversas opciones políticas, para que el ciudadano tenga de dónde escoger. Pero no sacrificando los valores democráticos y la institucionalidad. Si quieren participar, pues venga: convenzan a la ciudadanía, con argumentos, con debates públicos, con elementos que demuestren que, en últimas, pueden superar dicho umbral con votos.

Las circunstancias políticas coyunturales y sus personajes no pueden ser la razón para cambiar las reglas del juego ad portas de una elección.