La tiranía de las encuestas

Hace unos meses, justo cuando el presidente Juan Manuel Santos se aprestaba a completar su primer año de gobierno, las encuestas de opinión dieron un golpe contundente a la popularidad de su administración, en esencia como castigo por el desastroso trámite de la reforma a la justicia y el manejo de la crisis política subsecuente con un inútil intento por lavarse las manos de cualquier responsabilidad.

Entonces se planteó la necesidad de que el presidente Santos reasumiera el control con una renovación de su equipo más cercano y un reenfoque de la agenda de corte liberal que impuso desde el primer día de gobierno.

Finalmente, tras un enroque más que una renovación real de su equipo ministerial, vino a ser la presentación oficial del acuerdo con las Farc para iniciar negociaciones conducentes a la finalización del conflicto el hecho que recuperó la confianza ciudadana en el gobierno y en el futuro. Confianza que, sin embargo, no duró mucho, según se desprende de la encuesta de Ipsos-Napoleón Franco que la semana pasada publicaron Semana y RCN.

El desplome en la favorabilidad del presidente Santos —que ha pasado de un 60% en septiembre a un 45% en noviembre— se puede explicar, sí, por la coincidencia con el fallo de la Corte Internacional de Justicia que entregó a Nicaragua una amplia porción de mar que siempre consideramos nuestro y por el asentamiento de la euforia frente al proceso de paz que significó la apertura de las conversaciones en Oslo y el desafiante discurso de alias Iván Márquez.

Pero lo verdaderamente importante de esta reveladora encuesta no es la desfavorabilidad del presidente Santos, sino cómo va a enfrentar el Gobierno esta desconexión evidente con la ciudadanía. Y lo preocupante es que, a juzgar por los erráticos mensajes en que ha entrado el primer mandatario cada vez que se ha visto acosado por las encuestas, termine atrapado por ellas en detrimento de su plan de gobierno. Así fue, como decíamos, en el desenvolvimiento de la crisis por la fallida reforma a la justicia y así ha sido con este fallo de la Corte de La Haya en esa mezcla de desacatos, retiros de los tratados y vociferantes discursos nacionalistas para la tribuna, con diálogos conciliatorios con Nicaragua para llegar a acuerdos.

Quizás sea cierto que en ese mundo de la política —en el cual el presidente Santos es maestro— el discurso puede ir por un lado y las actuaciones por otro, en perfecta convivencia. Pero ese afán por marcar bien en las encuestas para garantizar una cómoda reelección puede desviar por completo los objetivos. Ya hay quienes, de hecho, perciben que la baja en la aceptación del proceso de paz ha llevado a un endurecimiento del discurso presidencial e incluso algunos, como la columnista de este diario María Elvira Bonilla, temen que el presidente “aproveche el menor obstáculo para dejar esta tarea empezada”.

Sería lamentable que la tiranía de las encuestas se impusiera. No va a ser un hecho coyuntural, ni un anuncio más, ni una fotografía en el lugar adecuado lo que encarrile a la ciudadanía de nuevo en el optimismo. Mientras hubo un norte claro y unas acciones dentro de esa agenda liberal que se planteó, pudo haber críticas, pero no la desazón que genera el discurso de tribuna, sin sustento. Colombia vive un momento de liderazgo económico y atracción de inversión que envidian muchos en la región y que hay que proteger de la política y la popularidad de coyuntura para aprovecharlo en toda su dimensión, con el acompañamiento necesario del Estado para que sea benéfico a todos. Eso sí que acabaría, así no fuera en lo inmediato, con el pesimismo general que muestra esta última encuesta y eso sí que debería trasnochar al Gobierno antes de caer en la tiranía de las encuestas.