TLC con Estados Unidos: la hora de la verdad

Esta semana comienza el tratado de libre comercio con Estados Unidos. El proceso de negociación, aprobación legislativa y preparación posterior tomó ocho años.

Inicialmente, los desacuerdos al interior del primer gobierno del expresidente Álvaro Uribe retrasaron la negociación. Después, la oposición demócrata en el Congreso de Estados Unidos aplazó su aprobación definitiva. Finalmente, el llamado proceso de implementación, que en el caso colombiano requirió la aprobación de varias leyes, pospuso algunos meses más la entrada en vigencia del acuerdo comercial entre Colombia y la economía más grande del planeta. Pero ya la espera terminó y el acuerdo está a punto de convertirse en una realidad institucional.

El Gobierno ha dicho que el país está listo para la entrada en vigencia del tratado. Algunos de sus voceros más representativos prevén un aumento sustancial de las exportaciones, un crecimiento económico mucho mayor (hasta de un punto porcentual cada año) y un incremento del empleo formal. Por el contrario, miembros de la oposición anticipan una catástrofe económica: la ruina del campo, la desaparición de muchos sectores industriales y la destrucción de cientos de miles de empleos. Probablemente los efectos no van a ser tan benéficos como prevé el Gobierno ni tan catastróficos como anticipa la oposición. La experiencia de otros países muestra que, en el mejor de los casos, un tratado comercial puede aumentar significativamente las exportaciones e impulsar algunos sectores. Otros irremediablemente perderán importancia.

En Chile y en Perú, por ejemplo, los efectos han sido positivos. Las exportaciones han crecido y el empleo parece también haber aumentado. Las importaciones provenientes de Estados Unidos igualmente han repuntado, pero este resultado no implica por necesidad un efecto adverso: los países, dicen algunos economistas, exportan para importar. En México, de otro lado, los efectos han sido menos positivos: la economía ha crecido muy lentamente después de la firma del tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. Las crisis económicas, la gran competencia de China en las exportaciones de manufacturas y las innumerables distorsiones de la economía mexicana, entre otras cosas, han impedido un mejor aprovechamiento del tratado comercial. En general, el caso de México constituye un llamado de atención sobre los peligros (y las promesas incumplidas) de la mayor apertura comercial.

¿Podrá Colombia aprovechar plenamente el tratado? Algunos gremios, encabezados por la Andi, dicen estar preparados. Otros no sólo se quejan de los conocidos rezagos en infraestructura de transporte, sino también de los problemas en las aduanas, de la falta de preparación de muchas agencias estatales y de la misma revaluación del peso. Hace unos meses el ministro de Agricultura señaló, sin aspavientos, que el país no estaba preparado. Sea lo que sea, ya no hay tiempo de lamentos y el TLC constituye al menos una excusa para acometer de una vez por todas las inversiones y reformas necesarias para aumentar la competitividad del país. Al fin de cuentas, el Gobierno está negociando tratados de libre comercio con Corea y Turquía, y el presidente Santos anunció esta semana la posibilidad de un tratado con China.

En poco tiempo, los efectos del TLC con Estados Unidos dejarán de ser motivo de especulación. Las predicciones optimistas del Gobierno y pesimistas de algunos sectores de la oposición podrán contrastarse con la realidad. Por ahora sólo resta decir que llegó la hora de la verdad y que el resultado dependerá de los buenos oficios del Gobierno y de la capacidad y preparación del sector privado colombiano. El reto es grande. Pero las oportunidades son sin duda magníficas.

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