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Editorial 8 Jun 2013 - 10:00 pm

Editorial

Un rasero muy alto

El proceso de paz entre gobierno y Farc avanza, como fue prometido por ambas partes.

Por: Elespectador.com
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Una vez aprobado el primer punto, el tema agrario, esa razón que propulsó todas las guerras de este país, hay que empezar a pensar en no sólo ocuparse de ello (lo acordado es algo que el país necesita, haya paz acordada o no), sino también en discutir el siguiente punto: la participación en política de la guerrilla. Porque así lo exige la agenda. Sin seguir su lineamiento, no tendremos nada.

Y en esto hay dos cosas grandes: lo político y lo jurídico. Harto hemos usado este espacio para decir que lo más conveniente para Colombia es que los guerrilleros se desmovilicen y, en vez de defender sus ideas a balazos, salgan a las urnas y a los espacios democráticos a ver qué tanto tienen por decir y convencer sin un fusil en la mano.

Ya nos cansamos de sus métodos. Entonces, venga pues, que se les midan a las urnas con sus ideas sobre un país posible. Porque la guerra en Colombia se trata de política. O, al menos, termina teniendo incidencia en ella: así lo ha manifestado la guerrilla desde hace medio siglo (torciendo, a su paso, los métodos, volviendo todo mucho más cruento), y así se ha manifestado la población: votando en contra o a favor, así sea indirectamente, del proyecto guerrillero.

Pero mucho camino hay en medio para que un acuerdo de estos sea efectivo a nivel jurídico, que es donde está el verdadero rompecabezas que el gobierno de Juan Manuel Santos tiene que armar. O, al menos, intentar embonar sus piezas de la manera menos traumática posible. Porque el país no es el mismo que antes. Ni a nivel político ni a nivel jurídico. Atrás quedaron los tiempos en que se podía dar un indulto contra entrega de armas. Por los pactos internacionales a los que Colombia se suscribió y que debe cumplir de forma lógica. Y atrás quedó, también, la imagen de la guerrilla como una fuerza subversiva que lucha por unos ideales: si de eso queda algo en el imaginario colectivo, es mucho más fuerte su otra imagen: el secuestro, el homicidio, la mina antipersonal.

No es fácil, entonces. Si bien la tierra es la causa, la participación en política es el enredo. ¿Cómo? Esa es la pregunta real. Habrá que pasar primero por un examen concienzudo de lo que no debe cederse a nivel de derechos. A nivel, sobre todo, de justicia, verdad y reparación: qué modelo de justicia transicional se va a montar, qué comisiones de la verdad se darán a lo largo y ancho del territorio, con qué instrumento jurídico el pueblo (esa palabra, ese concepto manoseado) dará el aval para que todo prosiga su curso, qué harán con los crímenes, por ejemplo, de lesa humanidad.

Llegó la hora, pues, de desenredar la pita del derecho: y, ante esto, no irse demasiado rápido por opciones como una Asamblea Nacional Constituyente a la que Juan Manuel Santos se ha opuesto. Tendrán que pensar bien los negociadores y su equipo de técnicos para que todo esté en regla.

Y, pese a que suene a un obstáculo muy grande, todo esto se nos antoja positivo. Hay que encontrar la forma de no evadir los requisitos. Porque todo redundará en un mejor acuerdo. Recordemos lo reciente: los jefes paramilitares, majestuosos, entrando al Congreso aplaudidos y abucheados al mismo tiempo. Una situación penosa que terminó con su extradición.

Mejor no repetir los errores del pasado y tratar de estar a la altura de este rasero. 

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