Una brutalidad

A las cinco de la mañana del domingo pasado unos agentes de la Policía, según la versión de los testigos (que los uniformados no desmienten, por cierto), llegaron a un sitio en la Avenida Primero de Mayo y, ante la negativa de los administradores del local a abrir la puerta, echaron gases pimienta en su interior.

Y mataron gente: cinco mujeres y un hombre que departían en el local.

Un “arma no letal”, se le llama técnicamente al gas pimienta. Sin embargo, sus efectos harto distan de ser inofensivos: causa el cierre inmediato de los ojos, tos, dificultad en la respiración, irritación en la piel y ceguera temporal. Y más allá de estas definiciones abstractas, ahí está la gente muerta el fin de semana pasado y los familiares de ellos opinando y viviendo una cosa bien distinta.

¿Cuántos casos más tendremos que oír de personas muertas a manos del uso desmedido de esas “armas no letales” que la Policía tiene en su poder? ¿Dónde están los protocolos que se deben cumplir a cabalidad, a pesar de lo acalorada de una situación? ¿No están entrenados adecuadamente para ello? Más allá de la explicación de siempre, de que se trata de conductas individuales en una institución inmensa, va siendo hora de que la Policía Nacional nos explique qué es lo que está sucediendo. Son muchos casos ya.

Dicen los testigos que una vez arrojado el gas pimienta, los agentes no dejaron que los usuarios salieran a la calle. Querían capturarlos a todos y llevarlos a una Unidad Permanente de Justicia. ¿Por qué esto, además? No entendemos la razón de querer capturar a todos los usuarios, si el pretendido ilícito de abrir hasta altas horas de la noche, como afirmó Felipe Cuervo, coordinador del programa Zonas de Rumba Segura, lo cometieron los dueños y no los que adentro festejaban. ¿Y por qué, aun así, tanta fuerza desmedida?

De acuerdo con los “Criterios para el uso de armas no letales” de la Policía Nacional, la fuerza debe ser empleada de manera mesurada, oportuna y justificada. ¿Lo fue, acaso? ¿Qué dice la Policía? Nada. Nada relevante, al menos. Dice el comandante de la Policía Metropolitana, general Luis Eduardo Martínez, que el local había sido sellado varias veces y que la acción fue cometida porque había una riña en su interior.

¿Y? ¿Qué tiene que ver que el local haya sido sellado varias veces con echar gases pimienta en su interior y matar a seis personas? ¿O que hubiese una riña en el establecimiento? No vemos la relación entre el método utilizado y lo que se pretendía evitar. Sí, hay que generar medidas contundentes para controlar este tipo de lugares: su clandestinidad, su burla de la ley, su actitud empecinada en brindar lo que las normas no permiten. Pero esto no se hace así. Ese no es el camino.

Es hora de pensar más en grande en este tipo de situaciones. Es hora de mirar de frente el problema que hay aquí: ese abuso de autoridad que la Policía comete, sus excesos, incluso encubrimientos propios cuando sucede un error, como pasó con el caso de Diego Becerra, el grafitero asesinado de un balazo.

No podemos permitir lo que está pasando: que la gente tenga miedo de quienes tienen el deber de proteger la sociedad. No puede ser que un ciudadano se sienta intranquilo porque un policía, o varios, anden por ahí cometiendo excesos.

Llegó la hora de enfrentar la realidad y de que la Policía haga una verdadera evaluación de lo que está pasando en sus filas.