Venezuela voto a voto

En las elecciones presidenciales que tienen lugar hoy en Venezuela tres figuras están en contienda: Nicolás Maduro y la envolvente presencia de Hugo Chávez, del lado oficialista, frente al opositor Henrique Capriles.

Salvo sorpresas de última hora, el heredero del fallecido comandante es el favorito para vencer. Sin embargo, una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta gobernar.

A juzgar por los hechos, la campaña de las últimas semanas podría haber sido una más de las muchas que vivió el país vecino en los últimos 14 años. Una irreconciliable polarización en el país entre dos bandos con un trasfondo desagradable de lucha de clases. Una tendencia favorable en las encuestas para quien está en el poder. Insultos y descalificación personal del contrario por parte del candidato oficialista con señalamientos de representar los intereses del Imperio y la oligarquía. La utilización de la aplanadora del Estado, con acelerador a fondo en el gasto público, para favorecer al ocupante del solio de Bolívar. Señalamientos no probados, de parte del presidente, de un complot para asesinarlo.

Lo que hizo diferente la actual campaña fueron tres hechos muy relevantes: la desaparición física del caudillo, su reemplazo por un heredero que al parecer no ha dado la talla y el afianzamiento de un candidato de la oposición que parce tener cuerda para rato.

“¡Chávez, te lo juro, voto por Maduro!”. La frase anterior, que se repitió como uno de sus lemas de campaña, resume lo ocurrido en el campo oficialista. Ante la dificultad evidente de que el nuevo líder del PSUV pudiera ocupar el lugar de su mentor, los estrategas del gobierno se dedicaron a explotar la natural emotividad y el dolor entre las masas tras el fallecimiento de Hugo Chávez. De esta manera han ensalzado a Maduro, no por sus cualidades personales, formación o logros profesionales, sino como el “hijo del Cristo de los pobres”. Es decir, que fuera de la disciplina partidista para cumplir con el último deseo del máximo conductor, se ha creado una especie de deificación del fallecido jefe de Estado y, dentro de la misma, ahora le corresponde el turno de gobernar a su “descendiente”. Además, se ha insistido en una dudosa unidad partidista con serios fraccionamientos de puertas para adentro.

Por el lado de Capriles, con las evidentes limitaciones de la oposición, pudo revivir el fervor de sus seguidores a pesar de que tan solo a finales del año pasado había perdido los comicios. El hecho de enfrentarse a alguien distinto al promotor del Socialismo del Siglo XXI le dio un nuevo talante a su campaña. A diferencia de la última ocasión, en esta oportunidad Henrique Capriles salió al tablado con una actitud frentera y mucho más agresiva, tratando a su rival de igual a igual. En pocas palabras, demostrando que a partir de ahora las cosas son a otro precio. De esta manera, los señalamientos al actual presidente como responsable por los graves problemas de inseguridad, desabastecimiento, corrupción, inflación, ineficiencia en los servicios públicos y el lamentable estado de la economía, apuntan al lugar correcto. No en vano, y utilizando estas causales de insatisfacción ciudadana, ha dicho que la elección es “entre la vida y la muerte”.

Una vez se conozca el resultado definitivo comenzará, por un período de seis años, la hora de la verdad para quien resulte vencedor. Si los votos favorecen a Maduro, vivirá su propio viacrucis al tener que resolver situaciones muy complejas frente a las cuales ni siquiera su antecesor pudo demostrar mayor efectividad. Y lo peor es que él está muy lejos de ser Chávez para capotear con éxito el descontento popular que se le vendrá encima. Capriles parece que gana, aun perdiendo. Se apuntala como la figura más relevante de la oposición desde la Gobernación del Estado Miranda. Los electores tienen la palabra.