La visita de Mr. Kerry

El hecho de que el Secretario de Estado de EE. UU. visite Colombia y Brasil no es gratuito. Se trata de dos importantes países.

Brasil, por el peso específico que representa en este momento en el mundo, y Colombia, como aliado. De ahí que venir a poner la cara tras el reciente escándalo generado por los señalamientos de espionaje sea un paso en la dirección correcta.

Aunque no es el único tema que trae en su maletín, sí es el más urgente de atender. Tanto la presidenta Dilma Rousseff como el presidente Juan Manuel Santos han manifestado su malestar luego de que el periódico O Globo diera a conocer las filtraciones de Edward Snowden, el exconsultor de inteligencia asilado en Rusia. Según dichos documentos, la Agencia de Seguridad de EE. UU., NSA, no sólo habría actuado dentro de su propio país, y en Europa, sino que lo habría hecho en Suramérica en Brasil, Colombia y Venezuela, durante los últimos cinco años.

Se especula que los servicios de inteligencia se inmiscuyen en muchas partes. Sin embargo, a nadie le gusta que los otros lo hagan en su propio país. Menos aún que se sepa públicamente a través de los medios de comunicación, sobre todo si quien lo llevó a cabo no es un potencial adversario, sino un cercano aliado. Esa, ni más ni menos, es la situación planteada entre Washington y Bogotá.

De ahí que la posición oficial del Gobierno al haber manifestado en un comunicado su indignación por “actos de espionaje violatorios del derecho a la intimidad de las personas y de las convenciones internacionales” hubiera sido apropiada. En especial al pedir explicaciones válidas por parte de Washington, dejando de lado la perniciosa diplomacia del micrófono.

La respuesta vino inicialmente por parte del vicepresidente Joe Biden y ahora lo hace el secretario Kerry. Así como no se espera que trasciendan los aspectos más reservados de la conversación, es importante que el presidente Santos y la canciller Holguín le hayan dicho con claridad al ilustre visitante que hay hechos que pueden tener explicación mas no justificación. Primero fue la canciller alemana, Angela Merkel, la que mostró su gran incomodidad al conocerse las primeras filtraciones por parte de Snowden. La siguieron entonces Francia y otros de sus pares europeos. Ahora es el turno de Colombia. Es que la confianza no solo se gana, sino que hay que preservarla.

En nuestro caso las relaciones bilaterales entre los dos países ya han alcanzado el suficiente grado de madurez, en especial a través de la colaboración de los últimos años en temas tan complejos como el conflicto interno, el narcotráfico y la situación regional, para que además se tenga que sonsacar información reservada como en las épocas de la guerra fría. Ahora, por supuesto, con la inclusión de las tecnologías de la información electrónica que permiten inmiscuirse en el ámbito privado de las personas. Y de qué forma.

Este asunto está aparejado con el debate interno que existe con la obtención de información reservada que se lleva a cabo por parte de la Policía Nacional. Nadie en su sano juicio estaría en contra de que en casos muy puntuales, y con todas las salvaguardas posibles, se adelanten labores especiales de investigación siempre y cuando haya reales amenazas a la seguridad. Sin embargo, y como lo estableció la Corte Suprema en días pasados, dicho tipo de información debe recopilarse mediante protocolos claramente establecidos y los datos recopilados sólo pueden ponerse a disposición de la Fiscalía. Nadie quiere que se repita la triste y vergonzosa historia del DAS.

Así las cosas, una vez hechas las aclaraciones del caso por parte de John Kerry y luego de pasar la página, es de esperar que las cosas vuelvan a su lugar en la relación binacional, en el entendido de que entre amigos no es conveniente pisarse las mangueras.