Por: Catalina Ruiz-Navarro

Ejercicios de imaginación

Nunca imaginamos que llegaría el día. Este fue uno de los mensajes más recurrentes en redes sociales este martes, ante el desarme final de las Farc. Incluso los más convencidos frente al proceso de paz le hicimos un lugarcito a la duda, porque es Colombia, y a la brava hemos aprendido a temerle a la ilusión. Sin embargo, las armas se entregaron. Y claro, no es suficiente, quedan otros grupos armados, las bandas criminales y mercenarias, el anacrónico narcotráfico y una peligrosa vitalidad de los paramilitares. Entregar estas armas no resuelve nuestro problema de violencia, pero lo reduce significativamente, tanto en lo práctico como en lo simbólico. Es una importante reafirmación que sacará a muchos de su cinismo, y que a otros nos permitirá alimentar una esperanza que será decisiva para que la paz se realice y tremendamente necesaria para navegar las próximas elecciones.

Construir esa “Colombia en paz” que en realidad no conocemos implica un serio ejercicio de imaginación. No solo se trata de cambiar de modus operandi, también es crucial que como sociedad eduquemos nuestras emociones para que la paz sea sostenible. Esto quiere decir que debemos diversificar los discursos y las voces en el país para ver si podemos empatizar con el campo colombiano, tan ajeno a las narrativas nacionales que suelen inventarse en Bogotá; o entender, asumir y enfrentar nuestro racismo, que decimos que no existe, a pesar de que en los círculos privilegiados todo el mundo sea mestizo tirando a blanco. Los colombianos hemos vivido culturalmente segregados, y esa es una de las condiciones necesarias para que se perpetuara la guerra.

Quizás más que empatía, como lo señaló el psicólogo de la Universidad de Yale Paul Bloom, lo que necesitamos es ejercitar la compasión. A través de una serie de experimentos Bloom sistematiza algo que ya sabíamos: que la forma en que administramos nuestra empatía está llena de prejuicios. No se trata solo de que sintamos más empatía con nuestra familia cercana que con desconocidos, lo cual es normal. Pero es evidente que en esferas más amplias esa empatía se nota que no está motivada por la justicia, sino por la identificación y la cercanía. Por eso será más fácil empatizar con aquellos que se parecen a nosotros, o con esas personas que en nuestros discursos sociales construimos como “las buenas víctimas”. Quizás muchas personas en Colombia tendrán razones de sobra para no empatizar con los exguerrilleros, pero podemos ponernos de acuerdo en que para dejar las armas la reintegración social es necesaria y desde ahí podemos intentar ser compasivos.

Lo bueno es que el ejercicio de la imaginación y la educación de las emociones es algo que se puede hacer en casa, viendo la televisión, pensando en cómo nos emociona que las Farc entreguen las armas —incluso a pesar de esos discursos nifú nifá del presidente Santos—. Hay algo en esa emoción que tenemos que atesorar, porque también sabemos que las cosas serán difíciles. A ver si empezamos a creer que Colombia como nación puede ser, y no solo ser a pesar de sí misma.

@Catalinapordios

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