Por: Ignacio Zuleta

El autista con cascos

Audífono, define el diccionario, es un aparato para percibir mejor los sonidos, especialmente usado por los sordos. Y bueno, algo hay de ello. Lo cierto es que los audífonos, que para ahuyentar la sordera llamaremos auriculares o cascos, se han vuelto en Bogotá un aditamento popular.

En las calles o en el transporte público por lo menos la mitad de los bogotanos van cableados. Los usuarios más comunes son los estudiantes, que compiten con sus cascos de marca (y les dan papaya a los ladrones); pero no son los únicos, pues los adultos también van conectados, o desconectados, así sea con el humilde manos libres del teléfono.

La idea de andar con los oídos tapados y oyendo música se remonta a los años ochenta, cuando se lanzó el Walkman al mercado; esa moda, que recorre el planeta, vuelve con ímpetu décadas después. Hoy todo celular que no sea ni flecha ni panela tiene su función de música; los iPod o sus clones chinos son más accesibles y la música se puede bajar a torrentes por internet.

Lo de andar taponado por las calles es bien interesante. Los arhuacos que visitan por primera vez esta ciudad se miran entre ellos y comentan: los hermanos menores están locos. Pero basta que se pongan un casco en la cabeza y oigan cantar en estéreo un vallenato para sucumbir al embrujo del invento. La humanidad adora la música que espanta la soledad, acompaña, alegra o entristece. Tener tan a mano un instrumento para escapar a las estridencias de la urbe o ensimismarse sin distracciones del entorno es una tentación.

Y sí nos dejes caer en tentación ineludible, mas líbranos del mal. Esta nueva epidemia tiene también sus sombras. Socialmente es de todas maneras un agresivo aislamiento voluntario y equivale al letrero “no moleste”. El autista con cascos se aparta de sus prójimos —o eso cree— y se aísla de lo que le sucede alrededor aunque le tararee al mundo, como loco, su melodía privada o su conversación con los fantasmas.

En una ciudad como Bogotá, en donde el nivel de pertenencia es casi cero, lo natural es que cada uno se meta en su burbuja, y qué mejor que unos tapones con sonido. Porque esta Bacatá es una urbe sin andenes y sin calles, sin verde, sin alcalde; aquí el aire es venenoso y, sobre todo, el ruido supera todo nivel humano soportable.

Pero hay que estar alerta en el uso prolongado de esta anestesia paliativa, pues puede producir sordera a largo plazo. Se sabe que un ruido por encima de 80 decibeles causa insomnio, disminuye la concentración y el rendimiento, y aumenta la agresividad, lo que ya se nota en las interacciones cotidianas. Durante el ejercicio físico el oído pierde irrigación y es susceptible de sufrir daños severos con un volumen alto. Obviamente taparse los oídos también ha incrementado los accidentes de peatones atronados. Así que hay que darle descansos al oído no va y sea que —ahora que en el habla popular todos dizque escuchamos cuando nadie escucha— de encime nos quedemos sin oír.

 

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