Por: Julio César Londoño

El azar y el escorpión

Quizá no haya un tema más intrigante que el azar. No solo porque es una bella palabra sino por los retos que plantea.

Cuando decimos azar estamos nombrando la frontera del conocimiento. Es como decir: hasta aquí llegan la certidumbre y empieza una región encantada, el dominio de fuerzas que no conocemos.

El azar es la imposibilidad de prever con certeza absoluta el resultado de un proceso. Es el abismo que debe salvar del pronóstico.

El principio de incertidumbre de Heinsenberg sacó el azar del casino y lo puso en el centro del pensamiento científico. Como no podemos saber con certeza la posición y la velocidad de ninguna partícula en un instante determinado, la ciencia se ha resignado a trabajar con aproximaciones. La física cuántica y la física de partículas de altas energías, la genética de poblaciones, el cálculo actuarial de las aseguradoras y las proyecciones económicas de los corredores de bolsa son, en buena parte, materias del dominio del cálculo de probabilidades.

La palabra probabilis fue pronunciada por primera vez por Cicerón en un alegato jurídico. Pero los romanos no fueron más allá porque tenían un sistema de notación matemática desastroso. Solo sus genios podían realizar una operación por el estilo de MDLXXXIV por VII, digamos. Quizá esto por mismo terminaron aplicándose al estudio de las leyes y el derecho.

En el siglo XVI Gerolamo Cardano, tahúr y bribón, definió la probabilidad como la razón entre el número de sucesos favorables y el universo muestral. P = # de sucesos favorables / # total de sucesos. Así, la certidumbre absoluta se designa con el número uno, y el cero significa la imposibilidad de ocurrencia de un fenómeno dado. Que Sofía Vergara se fije en el fiscal Montealegre, por ejemplo.

Para los manuales, el cálculo de probabilidades nace, en rigor, con la correspondencia entre un juez de la inquisición, jugador de cartas y matemático aficionado, Pierre Fermat, y un sacerdote que era amante de los dados, filósofo, temeroso de Dios los días pares e insolente en los impares (“el silencio de los espacios siderales me aterra”): Blaise Pascal. Juntos desarrollaron las bases del cálculo de probabilidades.

Curiosamente, los árabes, inventores del álgebra y de la palabra azar, no dejaron estudios. Tampoco los chinos, porque para ellos el azar no existe. En su mundo, todo está regido por cadenas de causalidad. Por eso creen sin vacilar que los azarosos hexagramas del I Ching son horóscopos infalibles, y Confucio se lamentaba de no tener tiempo para dedicarse por entero al estudio de los comentarios o “alas” del I Ching.

“El azar es una progresión numérica de razón desconocida”, dijo con poética pedantería el místico yoga Serge Reynaud de la Ferrière, aunque no explicó de dónde sacaba, si la razón es desconocida, su seguridad para afirmar que era una progresión (los místicos lo saben todo, incluso algunos datillos que se les escapan a las divinidades).

La historia de la ciencia es una guerra contra el azar. Ambos han ganado batallas importantes. El azar ha cobrado víctimas tan notables como el determinismo. La ciencia ha tenido triunfos tan elegantes como el cálculo de probabilidades. Hay una mariposa que trabaja para las huestes del azar: bate sus alas y arruina los más sofisticados pronósticos meteorológicos. Los sistemas sociales son tan sensibles a pequeños cambios de sus variables, que siguen siendo refractarios al pronóstico (teoría del caos).

El delirio de la ciencia es la teoría del todo, un corpus teórico omnisapiente, un monstruo físico-matemático capaz de borrar la incertidumbre y preverlo todo: los movimientos de los astros en los próximos siglos y los pasos del escorpión esta noche. El papel del azar es librarnos de esa pesadilla.

 

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