Por: Mauricio Rubio

El bigote del dictador

Un indicador insólito de autoritarismo político podría ser el “conjunto de pelos que nacen sobre el labio superior”.

Cuando el dibujante Hergé, creador de Tintín, buscaba un emblema para ilustrar el régimen de Plekszy-Gladz, dictador del país imaginario de Bordurie en el Asunto Tornasol, hizo del bigote el símbolo del culto a la personalidad: aparecía en la bandera nacional, los calendarios, los vehículos e incluso en el lenguaje, como acento circonflejo.

En 2012, a raiz de los levantamientos populares sirios, Bachar al-Asad decidió cortarse el bigote que llevaba desde que inició su carrera política. Periodistas franceses de Slate interpretaron ese gesto como un deseo de eliminar la eventual imagen totalitaria y decidieron verificar si entre los déspotas había una mayor tendencia a usar bigote. Para 147 dictadores modernos encontraron que el 42% de ellos llevaban lo que Hergé definió como característica de la tiranía. En esa muestra, además, los bigotudos duraban más en el poder que el resto. Entre los doce dictadores más sanguinarios, la proporción es del 75%; los únicos sin bigote -Mao, Pol Pot y Kim Il Sung- son orientales, más lampiños.

Cuando el mandatario sirio decidió dejarse crecer de nuevo su mostacho, los mismos periodistas entrevistaron a un experto.  “Se trata de un bigote militar. Muchos sirios tienen bigote. Él se viste de manera occidental, con vestidos ingleses hechos a la medida. Me pregunto si ese fino bigote no es una tentativa de establecer un vínculo entre esos dos mundos. El mundo de la política y el del ejército, el mundo del Este y el de Occidente”.

El bigote dictatorial más famoso es el de Hitler quien, a pesar de haberlo lucido siempre, tardó en darle su forma definitiva. Fue en 1922 -al fundar el partido Nacional Socialista y dibujar su emblema, la esvástica, sobre la bandera roja y negra- que lo acortó considerablemente, primero un poco redondo y luego vertical, con corte neto. El montaje para sus dicursos incluyó gestos fríamente calculados a partir del lenguaje del cine expresionista de la época, “la mano alzada, imprecaciones, dedo dirigido al cielo, puño cerrado, gesto de rechazo, susto, horror, súplica, persuasión y, en medio de ese ballet nervioso, el mechón pegado con gomina, el pequeño bigote negro y duro, y el rápido cambio de gestos: susto, odio, orgullo marcial, revancha, cólera, furia”.

Para representarlo en su clásico El Dictador, Charles Chaplin estudió detenidamente fotografías del Führer. “Su cara era terriblemente cómica: una mala imitación de mí, con su ridículo bigote, sus cabellos mal peinados que colgaban en mechones repugnantes, su boca pequeña y delgada. No lograba tomar a Hitler en serio. El saludo con la mano levantada, la palma hacia el cielo me daban ganas de ponerle encima un plato sucio. Era un loco, deliraba. Pero cuando Eisntein y Thomas Mann tuvieron que salir de Alemania, esa figura de Hitler ya no me pareció cómica sino siniestra” comenta en sus memorias.

Sin tener ni idea de semiótica, bien lejos de entender por qué nunca me dejé el bigote, ni la afeitada definitiva de mi papá durante su primer viaje a los EEUU en los sesenta, ni esa marca de algunos familiares y amigos, o los sorpresivos ciclos en otros, no me atrevo siquiera a especular sobre la asociación entre dictadura y bigote. En 2012 Michelle Bachelet le advirtió a la candidata presidencial mexicana Josefina Vázquez Mota: “te harán preguntas que a un hombre jamás le harían, pero que nunca te dé tentación de ponerte bigotes para gobernar; gobierna como una mujer’”. Para la historiadora Lucinda Hawksley la moda del bigote se ha fortalecido cuando los varones han sentido su poder amenazado por el feminismo. “Además de tener una mujer monarca, los hombres victorianos se sintieron sitiados por mujeres atreviéndose a pedir el voto”. Cuando en los sesentas la liberación femenina volvió a tomar impulso, el pelo facial brotó de nuevo. Recientemente, con la búsqueda de igualdad mediáticamente fortalecida, “la inmensa barba hipster empezó a florecer”.

Para desprestigiarlo, el meme de un Gustavo Petro Chavista viene con un mostacho que no tuvo en la guerrilla. Fabio Vásquez Castaño, el Cura Pérez, Antonio García o Gabino del ELN; Bateman, Pizarro, prácticamente todos los líderes del M-19 y, en general, los rebeldes o criminales que, como Pablo Escobar, quisieron usurpar el poder con las armas lucieron frondoso bigote, mucho más que los políticos que buscan votos. Sería tranquilizador que esa fuera la única seña totalitaria de Jacobo Arenas, Raúl Reyes, Alfonso Cano, Romaña, Mono Jojoy, Iván Márquez, Timochenko, Jesús Santrich, Joaquín Gómez, Pastor Alape, Andrés París y otros comandantes de las Farc; que bastara una afeitada general para ver con optimismo el posconflicto.

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