Por: Piedad Bonnett

El buen librero

En la era de las publicaciones digitales, uno se pregunta si es posible que desaparezca la figura del librero, entendida no como la del vendedor a quien le da igual vender libros que salchichas, sino como la de aquel que, a fuerza de amar los libros y conocerlos, puede hablar de ellos a conciencia con sus clientes, cuyos gustos termina por saber y consentir. No podría responder la pregunta, pero sí tengo claro lo que perderíamos si no existiera.

Lo que un buen librero está dispuesto a ofrecer es algo que jamás podríamos sostener con el simple vendedor de libros: diálogo. Si usted llega desorientado, buscando un regalo, el buen librero —que antes que todo es un buen lector— le sabrá hacer una recomendación a partir de algunos datos del posible regalado. Si busca un libro que vio reseñado en una revista y no lo encuentra, él, o se lo consigue, o le hace conocer otro del mismo autor o de alguno que le sea afín o trabaje el mismo tema. Y podrá, de acuerdo con sus aficiones, recomendarle lo mejor en cada género. En síntesis: un buen librero orienta al lector, lo seduce, lo informa y hasta lo forma.

Por ahora no me alarmo: a pesar de los acelerados cambios en el mercado del libro la respetable figura del librero persevera. Existe, aunque escasamente, casi como un milagro, en esas enormes librerías despersonalizadas, las que aspiran a vender volumen y por tanto dan prioridad a la promoción de best sellers, obras de autoayuda y de referencia. Pero donde verdaderamente lo encontramos es en las librerías más pequeñas, las llamadas independientes, generalmente acogedoras y con carácter, esas que a pesar de estar amenazadas por las enormes superficies abarrotadas e impersonales, no sólo se sostienen, aunque a veces heroicamente, sino que siguen siendo esos lugares de tertulia que toda ciudad necesita. El alma de estas librerías son sus libreros. Y lo que ellas ofrecen a sus visitantes, además de libros que la gran librería comercial muchas veces no tiene, es sobre todo una experiencia distinta. Si usted entra a Prólogo, Tornamesa, Arteletra, La madriguera del conejo, Casa tomada o San Librario —para nombrar sólo algunas en Bogotá— no sólo se encontrará con magníficas sorpresas bibliográficas, sino con una dinámica que ciertas instancias del comercio del libro aún no terminan de comprender. Y ahí está el problema.

En diciembre, muchos libros recomendados como los mejores del año se agotaron. Y los libreros se excusaban diciendo: “No nos trajeron sino dos (o tres, o cinco). Y el pedido sólo llega en febrero o marzo”. La indagación que hice me permite suponer que el problema comienza en España, que no envía suficientes ejemplares, presuponiendo que esos libros no encontrarán lectores en estas tierras; pero se prolonga aquí, porque los proveedores trabajan con la misma idea. No entienden que el librero de la pequeña o mediana librería, si es bueno, es capaz de vender él solo lo que la librería comercial, por su naturaleza, no vende de la misma manera. Una anécdota de Mauricio Lleras resume algunos otros testimonios oídos: a su librería enviaron sólo dos ejemplares de una novela que él leyó, fascinado. Cuando le preguntó al distribuidor por qué le habían llevado tan pocos, éste le dijo: “Porque eso no se vende”. Mauricio, en broma, le dijo desafiante: mándeme ciento cincuenta. Y el otro, tal vez para probarle que estaba loco, se los envió unas semanas después. En un mes, a punta de recomendarlo, Mauricio los vendió todos: la lógica invertida a fuerza de fe, pasión por los libros y profesionalismo. Por la salud de la buena literatura, roguemos porque no desaparezcan los libreros.
 

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