Por: Reinaldo Spitaletta

El buen salvaje

No fue la Europa de la Ilustración, ni aquella de los cafés intelectuales, ni tampoco la de los defensores de los derechos humanos y de la libertad, sino la negrera, la colonialista, la de los campos de concentración y el genocidio, la que puso en riesgo la vida del presidente boliviano Evo Morales.

No fue la Europa de Voltaire ni la de Sartre la que, demostrando una vez más su servidumbre hacia el imperio norteamericano, violó normas de derecho internacional y humilló a un presidente de América Latina. Hace dos semanas, Francia, Italia, España y Portugal, obligaron a la aeronave presidencial de Evo Morales, que procedía de Moscú, a aterrizar de emergencia en Viena y a permanecer allí quince horas en lo que se ha calificado como una modalidad de secuestro internacional.

Esta muestra de irrespeto a un gobierno soberano y a su máximo dignatario, hizo recordar a la Europa que arrasó las culturas indígenas americanas; a la que cometió una de las peores barbaridades de la historia: la esclavitud y la trata negrera; a aquella que creó las atrocidades de los campos de exterminio nazi, y pone en evidencia que los derechos humanos son importantes para esa comunidad cuando los esgrime para hacer rebajar los precios del banano, o para promover bloqueos y persecuciones a naciones que se opongan a ser pasto del neocolonialismo.

El hecho, ya ampliamente conocido y cuestionado por los pueblos del mundo, ratifica la dependencia de Europa occidental frente a la Casa Blanca. Actuar como lo hicieron varios países en el caso Evo, es una suerte de arrodillamiento a Washington. Y considerar, con la visión imperial, que Edward Snowden es un delincuente internacional y no, como se ha visto y analizado desde otras ópticas, una especie de héroe universal que denunció las tropelías del espionaje gringo en el planeta, convierte a los gobiernos implicados en el atentado contra el presidente boliviano, en pajes de Obama.

Los gobiernos de Francia, Portugal, España e Italia, se comportaron como la Puta de Babilonia, tal como lo recordó el comentarista argentino Atilio Borón, con el fin de fornicar con sus patrones de Washington. El espectáculo que ofrece el mundo ahora es el de las antiguas metrópolis europeas colonizadas por Estados Unidos, como una charada histórica, como si se tratara de un imposible karma del tiempo.

Actuar como peleles del yanqui, ponerse a su servicio en una posible captura del exfuncionario de la CIA, suponer que en el avión del jefe de Estado boliviano iba Snowden, no hizo más que confirmar la vileza de estos gobernantes. Por encima de cualquier norma internacional, se pusieron en contravía del derecho y asumieron la posición del lambón y del acólito. Había que estar del lado del amo, del mismo que les ayudó a bombardear la antigua Yugoeslavia y promovió uno de los múltiples genocidios del siglo XX.

Quizá las élites de estos cuatro países todavía creen que tienen el dominio sobre otros pueblos a los que saquearon y martirizaron; que los asiste un inexistente derecho a pisotear en sus aventuras del despojo a los pueblos de sus excolonias. Por eso nada raro fue que algún reyecito anacrónico haya mandado callar a un mestizo que les “cantaba la tabla”. O que sigan practicando la segregación y el racismo con los que hace tiempos se liberaron de su yugo.

Ah, pero lo más triste (o risible) es que estos países, que se pusieron como gendarmes a ver si podían capturar al desobediente Snowden, son también víctimas del espionaje norteamericano, de todas las maniobras que denunció el excontratista de la CIA. Actuaron como burdos lacayos, y con su actuación indigna se ganaron el repudio de los que siguen luchando por la democracia y la libertad.

Corren tiempos de nuevas inquisiciones. Cualquiera que dé muestras de herejía, hay que llevarlo a la pira, someterlo a todos los escarnios, y uno de ellos es Snowden, y otro de ellos es Evo. La vieja Europa, en este vergonzoso incidente, dio cuenta de que olvidó la ilustración y la razón, y reivindicó la barbarie. Mejor dicho, el buen salvaje les dio una lección de civilización y dignidad.  

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