Por: Juan David Zuloaga D.

El carácter neurótico

El año pasado se cumplieron cien años de la publicación de un libro curioso: El carácter neurótico, de Alfred Adler.

El libro es un minucioso análisis de las causas y las manifestaciones del carácter neurótico; de los matices y los claroscuros de esa turbación del alma.

Vinculado al grupo psicoanalítico de Viena, al que lo unía más una relación personal con los miembros que una plena comunión de ideas, Adler terminaría rompiendo su relación y distanciándose del pensamiento freudiano con la publicación de este libro peculiar y centenario.

A lo largo de su obra propone una psicología basada en el carácter, no en la constitución; en la persona o el individuo, no en el instinto; y en el ambiente o en la educación más que en la herencia o el innatismo. Tales fundamentos los encontramos como hilos conductores de su exposición en El carácter neurótico.

El trasfondo metafísico de su indagación psicológica propendía por la construcción de un mundo mejor, tal y como el propio Adler lo reconocía con humildad y con sinceridad en el prólogo a la tercera edición del libro en cuestión: “Puede que existan viejas teorías más dignas de la tradición académica, y teorías nuevas de más osada imaginación, pero estoy persuadido de que ninguna ofrece un mayor bien para la humanidad que la nuestra”. Porque, más allá del creciente individualismo que signa todas las manifestaciones del mundo moderno, Adler se esperanzaba con la construcción de una sociedad en la que fuera posible la solidaridad; porque más allá del afán de dominio, Adler propugnaba el sentimiento de comunidad; porque más allá del exacerbado individualismo de nuestros días, Adler propendía por la camaradería en el cumplimiento de las exigencias inmanentes del vivir en sociedad.

Ahora, cumplido ya el centenario de la publicación del libro, sería un buen momento para volver a leer esta psicología rica y sugerente, que no sólo teoriza y estudia al individuo morboso, sino que se inquieta por la posibilidad de un mundo mejor. Ahora, pasada la efeméride que no se aprovechó para hacer en el país ni congresos ni coloquios ni ediciones conmemorativas del título, quizá fuera llegado el tiempo de volver a interesarnos por esta obra que tiene aún tanto por enseñarnos.

Pero no es así. Su teoría, claro, ha caído en el inclemente olvido, y su escuela en la insignificancia cuando no en el desprestigio. Lo que me inquieta de todo esto es que la teoría se haya visto acallada por no hablar de odios y anhelos de muerte; que haya sido menospreciada por propugnar el bien y por haber querido pensar y construir una sociedad mejor; una en la que, acaso, la hermandad y la concordia no fueran juzgadas un sueño y consideradas un oprobio, ni pudieran tampoco ser motivo de escarnio.

 

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