Por: Luis Carlos Reyes

El caso de los siete millones de niños desaparecidos

Al igual que en Colombia, en Estados Unidos quienes sostienen económicamente a alguien más obtienen beneficios tributarios en su declaración de renta. Y al igual que en Colombia, hace unas décadas muchos gringos se inventaban dependientes económicos imaginarios. Así que en 1987, el IRS (la agencia equivalente a la DIAN en Estados Unidos) comenzó a exigir que los contribuyentes incluyeran el número de documento de sus dependientes al hacer la declaración de renta. Mágicamente, entre 1986 y 1987 el número de dependientes (casi todos menores de edad) pasó de 77 a 70 millones. Esto implica que, o bien millones de niños desaparecieron en el país de Nunca Jamás Tributario y sus padres prefirieron no poner la denuncia, o bien un porcentaje importante de los contribuyentes estaba mintiéndole al fisco.

Lo mismo pasa acá. Es un secreto a voces que en Colombia los contribuyentes incluyen como dependientes a padres que no tienen necesidad de que los mantengan, hijos imaginarios y mascotas. Esto no es una gracia, sino un problema que debe solucionarse.

El aspecto más práctico e inmediato de la solución es sencillo. La DIAN podría pedir, como el IRS, que en la declaración de renta se reportaran los nombres y números de identificación de los dependientes que se incluyen. Cruzar esta información con datos de la Registraduría no es excesivamente complicado ni costoso, y el solo saber que la posibilidad de detección es alta va a ser suficiente para que la mayoría de contribuyentes paguen lo que deben.

Tenemos además que pensar sobre las razones por las cuales la gente busca beneficios tributarios que no le corresponden. Es naturaleza humana, claro, no querer desprenderse del dinero que uno ha ganado. Pero las justificaciones que se dan en Colombia para actuar de esta manera nos alejan del país que queremos, y hay que sacarlas de nuestra mentalidad colectiva. “¿Pero para qué pago impuestos si se los roban? Es que en otros países la gente paga impuestos con gusto porque allá sí se ve la plata”, dicen muchos. Sin embargo, pensar así es un sinsentido, no solo porque en ningún país del mundo hay gente a la que le fascine pagar impuestos, sino porque la solución a la corrupción no puede ser robarle más al Estado. Quien aprovecha una deducción que no le corresponde está cometiendo la misma infracción ética que le critica al político que desvía recursos públicos para beneficio propio.

Estamos en una situación en la cual la gente se enorgullece por su capacidad de encontrarle el quiebre al sistema, cuando el pagar impuestos debería ser más bien un motivo de orgullo cívico, un componente esencial de la cultura ciudadana. Ante el abuso de los gobernantes, una reacción menos facilista pero más digna y que tiende más al país en el que queremos vivir es no votar por corruptos, denunciar la corrupción y estigmatizar socialmente a los que se aprovechan de los demás, no riéndose de que son “vivos” que siguieron el “mandamiento” de que “a papaya puesta, papaya partida”.

Uno de los reportajes sobre la desaparición de los niños tributarios en Estados Unidos concluye diciendo, sin ironía, que “los estadounidenses tienen un buen historial de honestidad en sus declaraciones de impuestos, y el nuevo sistema probablemente los hará aún más honestos”. Ojalá algún día nos veamos así a nosotros mismos. Seamos gente que ante la deshonestidad responde con un ímpetu de honestidad, no porque sea una solución inmediata a los problemas estructurales del Estado, sino porque ser parte del problema es impensable.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

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