Por: Julio César Londoño

El cerebro y la rosa

Con la audacia propia de su inquietante directora, la revista Arcadia dedicó su último número a dilucidar qué es lo que nos hace humanos: ¿el alma, el cerebro, la conciencia, el sexo, la mezquindad? Entre los artículos de este espléndido número, se destaca Con el alma en las neuronas, la entrevista que el filósofo Rodrigo Restrepo le hizo al neurocientífico Rodolfo Llinás.

A la pregunta de si es posible construir un cerebro que piense y sienta, Llinás es tajante: “Jamás. El cerebro es un órgano capaz de internalizar información a nivel molecular, y esta información debe tener un contexto: la vida. El problema del robot es que es hueco,  carece de emociones y de contexto”.

Después el pensador y el científico coinciden, demasiado rápid, en que no hemos evolucionado un milímetro socialmente pese a todos los adelantos tecnológicos. Disiento. Ahora tenemos problemas graves en materia de derechos humanos, por ejemplo, pero hace dos siglos el tema era apenas un chiste en las cortes de los reyes.

Cuando llegan al problema del bien y el mal, Llinás patina con cierta elegancia. Dice que él obra éticamente por razones estéticas, pero argumenta con una proposición vaga, nada estética: “Porque es más conducente emocionalmente ser bueno que ser malo, hacer algo bello que algo feo”. Es decir: lo malo es feo; lo bello es bueno.

Sólo un alma tan pura como la suya puede razonar así y desconocer que hay intersecciones tan complejas como la belleza del mal (la antigua obsesión por el “crimen perfecto”), que en aras del bien común se han cometido genocidios a escala francamente industrial, y que el ser humano será siempre una criatura moralmente ambigua porque tiene un cerebro altruista (el mamífero) empotrado sobre un cerebro predador (el reptiliano de nuestros abuelos acuáticos).

Líneas después Llinás recupera la cordura e informa que ha abandonado la búsqueda del asiento exacto de la conciencia. Parece que ahora se inclina a creer que la conciencia es una función más del cerebro, otra arista de la mente, “una propiedad del sistema”, y que el  tabernáculo no existe. Hace unos años, Llinás creía que la conciencia estaba formada por unos osciladores eléctricos situados en la oliva inferior, un importante núcleo celular situado en la parte inferior del tallo cerebral, donde nacen las fibras trepadoras que ascienden al cerebelo (¿capisci?). Los neurocientíficos son lunáticos irredentos. Si el psiquiatra es un Quijote que lucha con fantasmas, el neurocientífico es un sujeto empeñado en fotografiarlos.

Cuando el filósofo lo acusa, con delicadeza suma, de materialista, Llinás responde: “¡Pero y qué más hay!”.

Cuando el filósofo alega que Pauli y Jung creían que la psique y la materia se fundían en una estrecha unidad psicofísica, Llinás lo corta: “Pauli era bueno en física pero brutísimo en neurobiología. Cambiemos de tema, por favor” (al místico Jung no le dedica ni siquiera un insulto).

Cuando el romántico filósofo insinúa que es mejor contemplar la rosa sin desarmarla, Llinás lo desarma con felina agilidad: “Si primero la contemplo y después le meto un mordisco, al final sé mucho más de la rosa”.

Se le nota la muy benéfica influencia en lides retóricas de su mujer, Giliam Kimbert, la filósofa especializada en epistemología que conoció una tarde en los mares del Sur. Debió ser algo a primera vista. Se vieron, se olieron, ¡qué circunvoluciones!, exclamaron al tiempo, y el amor los envolvió para siempre. “Nos casamos, entre otras cosas, para tener tiempo de terminar las discusiones que comenzamos en Australia en 1965. Todavía estamos en eso”, le oí decir alguna vez a él.

Buscar columnista