Por: Cartas de los lectores

El Chocó y los paros

Los índices de pobreza y las desigualdades entre departamentos de la periferia como Chocó, La Guajira, Putumayo, Vaupés, Vichada, entre otros, con respecto a los departamentos de la región andina son protuberantes. Un desequilibrio producto del centralismo heredado de la colonia y fortalecido por la clase dirigente nacional en la configuración del Estado. Una clase dirigente nacional que estructuró un Estado centralista que concentro el poder y el desarrollo en la región andina y discriminó a la periferia con un discurso racista sustentado en el determinismo geográfico.

Visión centralista que se acentuó con el fomento estatal de la industria cafetera, la cual concentró más el desarrollo en la región central y profundizó las desigualdades en las regiones de la periferia. Las grandes obras de infraestructura, la industria, el poder económico y político del país se centralizaron en los departamentos andinos y la pobreza y la miseria en los departamentos de la periferia.

Un modelo de Estado gobernado por una cleptocracia andina que extendió todos los vicios y sus redes de corrupción hacia la periferia. Prototipo de Estado que se replica en las regiones con todos sus vicios y modalidades. De allí que la deuda histórica del Estado con el Chocó, La Guajira, Sucre, Putumayo, Vichada, Vaupés, entre otros, es enorme y no se resuelven en un período de gobierno, ni en una década de inversiones, dado que la marginalidad se ha convertido en una de las inequidades más estructural del país.

La votación del plebiscito puso en contexto las dos Colombias y reflejó el profundo desequilibrio en el desarrollo nacional. El centro rico y desarrollado votó para seguir conservando sus privilegios y la periferia pobre por un cambio en las políticas del Estado.

Ahora los paros son reclamaciones justas y necesarias de los trabajadores y de los pueblos por mejores conquistas laborales, derechos vulnerados y reivindicaciones económicas y sociales. En el caso del Chocó, los paros han sido recurrentes desde finales del segundo decenio del siglo XX. 90 años después, los chocoanos siguen en las mismas, reclamando al Estado las ejecuciones de las mismas obras: carreteras, puertos, hospitales, escuelas etc.

Los pliegos son los mismos desde hace nueve décadas y ahora se suman danza de crímenes, desplazamientos, la crisis humanitaria, las contaminaciones de los ríos, el despojo de tierras, las destrucciones de los ecosistemas por la minería ilegal y las luchas de los grupos al margen de la ley por el control de territorios estratégicos.

La situación del Chocó es crítica porque hay un repoblamiento de guerrilleros del Eln, de los grupos paramilitares en las zonas que dejaron las Farc y un incremento del narcotráfico y con ello un creciente deterioro del orden público. Indudablemente, más allá de las responsabilidades del Estado central con el atraso de departamentos como el Chocó, la nueva realidad que se vive en este departamento amerita un cambio en la mentalidad de su gente. Si los chocoanos no toman conciencia de que tienen que elegir mejores gobernantes, legisladores y administradores de la cosa pública, van a seguir en las mismas de paro en paro y las condiciones de vida cada vez van a ser peores. Su crisis tocó fondo y la clase dirigente chocoana, inepta y corrupta, también tiene una gran cuota de corresponsabilidad en la pobreza que padece el Chocó.

Ya es hora de que los líderes cívicos chocoanos organicen protestas en contra de la corrupción y la negligencia de su clase dirigente. Una cleptocracia chocoana que se ha unido con los poderes centrales para saquear el fisco regional. Se sabe que algunos de los que lideran las protestas son parte de esas mafias de defraudadores regionales. Las protestas direccionadas solo en contra del Gobierno Central son una especie de exoneración pública a la cleptocracia regional de sus responsabilidades en el atraso del Chocó. Algunos políticos chocoanos sienten pánico de que el pueblo enardecido conozca las cifras de los millones esfumados en las obras fantasmas e inconclusas como los escenarios deportivos para los Juegos Nacionales.

José E. Mosquera.

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