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El colapso

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Juan David Ochoa
30 de agosto de 2013 - 10:00 p. m.
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Estalla el sector agrícola, y se sorprenden algunos. Se espantan. Les parece anecdótico e inesperado el trascendentalismo de un paro radical. No se lo creen; ni el presidente, indignado y herido, (ahora mesurado por el paso de los días) ni su linaje estatal que frente a todo y sobre todo abrió las puertas de un tratado de comercio criminal hasta firmarlo sin temblor y sin miedo.

Sonreían a las cámaras del morbo y se apretaban las manos por el hecho irreversible. 

Pero todos lo sabían. Ya conocían muy bien las reacciones que vendrían después, cuando la hambruna llegara a carcomer las zonas de cultivo, las que quedaban para siempre excluidas del pacto. Conocían previamente la furia que vendría de los humillados, la histeria de los escupidos. Pero el futuro no les turbaba la saliva, ni el respiro, ni el sueño.  Allí estarían siempre a discreción, sumisos y robóticos, los cuerpos belicosos del Esmad, la policía genuflexa y las fuerzas armadas del honor para extinguir los incendios. Las respuestas inmediatas del poder les daban la confianza y la tranquilidad para firmar. 

Lo que esperaban finalmente estalló. Y La asfixia del agro, aislada siempre de las luces del show, lejana a los bullicios urbanos tan sensuales para el foco de los medios, bajó de las veredas y atascó los flujos: 15 carreteras, 9 departamentos obstruidos. El único método eficaz para que todos  escuchen: si el campo agonizaba de hambre antes del ruido neoliberal, ahora se pudre sin misericordia. Y Aunque los datos estadísticos revelan, como argumento principal del establecimiento, un alza en las exportaciones del sector agrícola, la realidad explica tácitamente su inferioridad con la avalancha de la importación. Y los cultivadores invisibles, los manufactureros de la última escala sin asistencia técnica, sin infraestructura ni subsidios, expuestos sólo a la voracidad del mercado, sufren la gracia del golpe.  

Las exportaciones colombianas crecieron en un 3,3%, mientras las importaciones aumentaron en un escandaloso 14,6%. Los cultivos entonces se represan, la economía colapsa, y la existencia, que siempre fue subsistencia, se vuelve denigrante. Entonces el último recurso es un pedido extremista de atención; frenar las carreteras de la indiferencia. 

Pero el recurso gubernamental  siempre es más sólido, más efectivo, más extremista. Y entre el envío de las tropas del Esmad van los libretos de la injuria. Quienes eran campesinos histéricos ahora son frentes de las Farc o delincuentes infiltrados que dirigen las revueltas sin término, y quienes las defienden son enemigos del estado y de la diplomacia, que es el recurso del terror al nombramiento directo de los hechos y al trato sin disfraz de la veracidad. La misma diplomacia que no acepta la catástrofe rural y que recurre paradójicamente al uso de la fuerza para repelerla y excluirla otra vez a los mutismos del monte.

Empieza apenas a aceptar el presidente la obvia responsabilidad del estado en el desastre, y sale ahora, además, como una muestra mayor del circo de la infamia, el caudillo Uribe a destruir la imagen de su vástago traidor, defendiendo la causa de los indignados.

¿Pero no fue él el inescrupuloso que seguía a los republicanos, obsesivo, y promovió con ellos los avances del mismo tratado que acabó con los agricultores?

Historia de cafres y cretinos.

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