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María Elvira Bonilla 30 Jun 2013 - 9:00 pm

El combate contra la desmemoria

María Elvira Bonilla

Desde hace unos años me asalta el miedo a la desmemoria, a perder mis recuerdos y terminar en un limbo, perdida en un vacío sin referencias espacio-temporales, con los afectos y las emociones aplanadas.

Por: María Elvira Bonilla
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 Y me aterra porque es una amenaza que enfrentan personas que me son cercanas o personajes públicos que han reconocido padecer esa aterradora enfermedad degenerativa conocida como alzhéimer.

Un amigo poeta describía la tragedia final de su madre como si su mente fuera cayendo en un pozo hasta que su alma abandonaba el cuerpo, dejándola incapacitada para realizar las mínimas rutinas domésticas, postrada en una poltrona o en la cama.

Hace poco visité en Cali a un gran amigo en la institución especializada donde ahora vive. Pasé varias horas intentando rescatar puntos de contacto vividos por ambos, que antaño fueron temas de animadas conversaciones. Salvé pocos. Entendí entonces que la mente atrapada por el alzhéimer regresa a un estadio infantil donde el diálogo posible gira en torno a fragmentos de recuerdos —escenas de películas viejas, momentos como flashes fotográficos—, que permiten reconstruir algo de la conciencia esquiva y alimentar la escasa memoria inmediata que es lo que finalmente queda. Me horroriza saber de la frustración que se vive cuando la enfermedad victoriosa consigue borrar hasta el presente, al punto dejar de reconocer a las personas más próximas y queridas.

La obsesión por entender las entrañas de este misterioso mal, por descifrar las trampas de la mente, me ha hecho devorar libros de quienes se proponen no dejarse arrastrar por el olvido y luchan por retener la conciencia antes de que se les escape definitivamente. El más reciente, La oda inacabada, de Pascal Maragall, el famoso alcalde de Barcelona quien tuvo el valor de reconocer que sus tiempos de lucidez empezaban a formar parte del pasado. Decidió entonces escribir su historia de vida antes de que se sumiera en la desmemoria. “El doctor alemán cuyo nombre no quiero recordar acabará por ganarme la partida. Eso lo sé de sobra. Ojalá el mío sea uno de los últimos combates que se pierda contra la epidemia de la humanidad que afecta al más preciado de los tesoros de una persona. Pero antes de que esto suceda estoy preparado para echar un vistazo a mi vida, como si de una oda, inacabada repentinamente, se tratara. Y la quiero compartir”.

Maragall enfrenta su propio deterioro, incluso con humor, para que otros aprendan de él. Un ejercicio que es ajeno a nuestra cultura, donde la enfermedad se padece en privado, envuelta en el pudor del encierro familiar, como si se tratara de una debilidad humana que avergüenza. Maragall no se avergüenza, por el contrario, dignifica una realidad que como bien dice se convirtió en una verdadera epidemia que arrasa mentes y voluntades como la suya y la de millones de personas en el mundo.

De allí el valor que tienen los hallazgos de Rodolfo Llinás que están a punto de dar con la cura del alzhéimer. Si fuéramos un país serio, habría sido escogido como el Gran Colombiano que pasará a la historia por haber contribuido a derrotar al doctor alemán.

  • María Elvira Bonilla | Elespectador.com

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