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Augusto Trujillo Muñoz 17 Ene 2013 - 11:00 pm

El continente del corazón encendido

Augusto Trujillo Muñoz

La entrevista que William Ospina concedió a Cecilia Orozco, publicada por El Espectador (13/I/13), ofrece una visión del talante americano que vale la pena comentar.

Por: Augusto Trujillo Muñoz
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América ibérica no ha podido encontrarse a sí misma, ni ha sabido reconocerse a través de sus propias identidades. Se acomodó a los paradigmas europeos, en lugar de construir los suyos con los materiales de su inmensa realidad multicultural. La suya no es una historia de pueblos, ni de instituciones. Es, simplemente, una historia de hombres que, a veces, pretenden ser providenciales.

Como heredera del pensamiento moderno, se interesó más por las ideologías que por la democracia. En aras de aquellas, durante los últimos doscientos años privilegió dogmas sobre doxas y razones sobre sentimientos. Como lo dijo hace medio siglo Antonio García, adecuó su devenir a las relaciones de poder en el mundo y a las condiciones económicas de las potencias dominantes.

Esa mercancía ideológica importada desvirtuó el proceso de búsqueda institucional, desvió a nuestra América de su propia historia y la marginalizó de la historia universal. La incorporó a Occidente pero la obligó a seguir pensando por ajena razón. Por eso, según una frase del mismo William Ospina que recuerdo a menudo, “nuestros pueblos crecieron con el centro de gravedad situado afuera”.

Hemos vivido una historia de desencuentros entre ideología y realidad que desvirtúa el funcionamiento de las instituciones e impide la formación de una simbología para la identidad y para el progreso. Algunos de nuestros pueblos intentan reconocerse en símbolos que reflejan el carácter de su espíritu colectivo. Pero, en general, no hemos sido capaces de construir paradigmas dirigidos a la defensa de nuestro activo espiritual y a la orientación de nuestro desarrollo autónomo.

Por ahí pasa la tendencia regional al caudillismo. Aquí los símbolos aptos para contribuir al mejor suceso institucional o político, son muy escasos. Para bien y para mal eso depende de los hombres. No suele haber liderazgos de equipo, ni propósitos colectivos que no sean jalonados por un caudillo. En el caso de Chávez, su singular periplo dirigente ha catapultado su figura hasta la frontera entre la historia y el mito.

Tiene razón William cuando dice que Chávez ingresará a la mitología de los altares callejeros: como José Gregorio Hernández o como José Alfredo Jiménez. Pero no como Bolívar o San Martín, ni como Salvador Allende o Fidel Castro. Ellos no son mitos, son símbolos. Símbolos históricos. Quizá el Che Guevara sintetice en su memoria la fuerza del símbolo con el brillo del mito. Chávez es fundamentalmente lo segundo; pero los mitos también transitan por la historia de América.

En su texto sobre “El pensamiento Iberoamericano” José Vasconcelos escribió que no sabía si el triunfo y la liberación son casos individuales, o si era posible que el progreso adoptara formas colectivas para que su conquista ya no se hiciese por individuos sino por pueblos. El enigma sigue insoluble, concluyó el pensador mexicano: América no quiere dejar de ser el continente del corazón encendido.

*Ex senador, profesor universitario, [email protected]

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