Por: Ignacio Zuleta

El Corrido Raspachín

Cuando un pensador inglés de- cía que "La música es el don de Dios a los hombres, el único arte celestial dado a la tierra", seguramente no había oído la que suena en las cantinas colombianas.

Hemos ido reemplazando el folclor campesino por la cultura de prostíbulo. Llamemos al género el Corrido Raspachín. Esta modalidad extendida a lo ancho de las zonas rurales es una mezcla de los corridos norteños de origen mexicano, y el acordeón recuerda un vallenato crudo. Sus letras son hijas del narcocorrido, sazonadas con los ingredientes locales de la guerrilla y los paracos.

El fermento de esta “música” que se esparce como un virus lo proveen la colonización por desplazamiento, el petróleo, la minería y los cultivos ilícitos. Sus temas son siempre los mismos: el alcohol, la prostitución, la violencia pronta, la venganza y el despecho. Todos los elementos de la sociedad de consumo en su expresión más vil, son exaltados. Basta ver, por ejemplo, un DVD de $1500 con los exponentes disfrazados de charro mexicano, para encontrar los elementos naturales de este género: los automóviles más pesados y agresivos, los whiskeys y tequilas de moda, las modelitos de cuerpos silicónicos, la ropa de marca y las armas relucientes.

Estos nuevos juglares de lo infame no hacen más que reflejar la realidad y vendérsela de nuevo al pueblo, que encuentra en estas rimas eco a sus miserias. Las canciones, de una pobreza musical extrema, de tonadas repetitivas, de cadencia monótona como la vida de los nuevos nómadas sin tierra, sin Dios y sin ley, van entre chiste y chanza creando un imaginario colectivo ruin, aceptado y compartido. Y quien se salga de esta nivelación por lo bajo es apartado socialmente. La bondad es debilidad, el autocontrol de chichipatos, la fidelidad no es de machos, el que no es igual es un pobre marica.

Desde luego la mujer es la que sale peor librada. La venden, se explota, se traiciona. También ellas entran al juego de ser unos meros objetos de consumo; o de tráfico como la reciente “exportación” masiva de prostitutas colombianas a Chile, en donde ya se habla de las ‘culombianas’. Cuando en estos corridos se declara que “pa’ chupar guaro soy buen gallo, pa’ putiar soy un perrazo, le tumbo la hembra al que sea, me doy plomo con quien sea, harto whiskey o lo que sea”, los hombres se sonríen cómplices, y la mujer o llora a escondidas con sus amigas o cuida a su chulo con celoso esmero.

Las mujeres “estables”, entre tanto, están sujetas al sida, aguantan las golpizas del borracho macho, sufren cuando el primate disfuncional se “jarta lo del mercado”, se ven en las duras para criar a los hijos, la violencia intrafamiliar fruto del desespero exacerbado se transmite eternamente e ingresa al colectivo nacional. ¿Y así hacemos país?

Cuando en México prohibieron la transmisión pública de los narcocorridos, había una preocupación estatal válida. Hace miles de años, Confucio ya hablaba de que hay música que enaltece y música que degrada, y le echaba la culpa de la decadencia y corrupción de ciertas dinastías a la música vil. Sería interesante traducirle las letras, someterlo a esta música, y escuchar sus comentarios.

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