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Fernando Araújo Vélez 6 Ene 2013 - 11:47 am

El caminante

El Culebra

Fernando Araújo Vélez

Algunas voces de la lejana Bogotá del siglo XIX lo acusaron de ser uno de los cabecillas que pretendían asesinar al entonces presidente Rafael Núñez, pero jamás pudieron comprobarle nada. Núñez, dijeron, apaciguó la conspiración al salir al balcón del Palacio de San Carlos para que el pueblo viera lo que iba a ocurrir.

Por: Fernando Araújo Vélez
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Sus enemigos cancelaron la operación. Ricardo Gaitán Obeso no habló del asunto. Era radical, guerrero, rebelde, osado, socio de guerrillas de Jorge Isaacs y, comentaban, miembro de una oscura logia llamada La culebra. Con los años se convirtió en uno de los principales adversarios de Núñez. En 1885 se tomó la ciudad de Barranquilla y amenazó con liquidar a Cartagena. Una mujer, dirían, lo enamoró más de la cuenta y lo retuvo cuando sus tropas comenzaban a sufrir los embates del Ejército Nacional y de algunos militares provenientes de los Estados Unidos.

Fracasó. Vencido, fue requerido por un almirante de apellido Juette para que dialogara con él a bordo de su nave, la Powathan. Ante las exigencias de capitulación, Gaitán Obeso le respondió: “En cuanto a la capitulación que se me exige, y la prisión que se me intimida, comprendo que es un abuso de la fuerza que nunca excusará la civilización. Pero antes de que sus deseos sean realizados, no obstante las instrucciones con que dice obrar, moriré con todos mis compañeros, y la hoguera de nuestros buques enseñará al mundo el sepulcro de un gran partido político, que vencido únicamente por la fuerza, supo caer cumpliendo su deber. Usted sabe señor Almirante que no hemos venido de tan lejos para esquivar la muerte”.

Apresado, engañado, Gaitán Obeso fue llevado a una prisión en Panamá. Allí murió el 13 de abril de 1886, pocos días antes de que Núñez proclamara “su” Constitución. El parte oficial informó que su deceso había sido consecuencia de una fiebre amarilla. Sin embargo, uno de los médicos forenses, que inspeccionaron el cadáver, concluyó que había sido envenenado. Poco antes de su entierro, un oficiante de medicina le extrajo el corazón y se lo entregó a Manuel Santodomingo Navas. Pasados tres años, Santodomingo Navas se lo dio al historiador Simón Bossa Pereira, quien lo guardó en su biblioteca por más de 50 años.

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